Un día largo

El plan era perfecto: correr media horita por el paseo de la playa, chapuzón y a casa, que alguna ventaja ha de tener esto de estar parado. El plan era perfecto, pero mejoró: podía esperar encontrarme muchas cosas n el paseo un viernes por la mañana, pero no los chavales con los que he compartido estos últimos meses como profe con un par de compañeros. Justo los alumnos de cuarto de ESO y primero de bachillerato, esta precisa mañana, organizaban una especie de carrera por la playa. Sólo un encuentro así podía mejorar un plan perfecto y total, que a pesar de estar reventado por la fatiga acumulada de los últimos días, me uní a ellos, a mi ritmo, tranquilo e incordiando/animando a los que se dedicaban a haraganear por la cola del grupo (digo “los” pero lo cierto es que la mayoría eran señoritas, mucho me temo que el sector femenino del instituto no dejó el listón muy alto…).

En la zona de llegada, frente a la estación, más ex-compañeros, más chavales, más sol. No deja de maravillarme la gran cantidad de energía y vida que irradian a esta edad.

Y Murphy, en su infinita sabiduría, entró en acción, P. nos dio un pequeño susto, y perdió el conocimiento (espero y deseo que esté repuesta ya), y de nuevo los chavales me maravillaron: sus amigos y compañeros reaccionaron con aplomo y serenidad, deslizando sugerencias y brindando ayuda de un modo preciso y ordenado. Muchos adultos deberíamos aprender de ellos. Muchos chicos y chicas deberían felicitarse hoy antes de acostarse.

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