Nunca es tarde para volver a empezar

Despertó en la cama junto a su esposa, que seguía acostada tranquilamente, no había cambiado de posición desde su muerte, más o menos a eso de las cuatro de la madrugada. A esa hora él se había levantado, había bebido algo de agua de su mesita de noche y luego estranguló a su mujer mientras dormía. Después del lógico forcejeo se sintió algo cansado, y como sabía que al día siguiente le esperaba una jornada dura volvió a dormirse, hasta que la luz del sol penetró por su ventana. Se desperezó con parsimonia y echó un vistazo al rostro del cadáver, le incomodó en seguida su mirada aterrada. Algo habría que hacer, no podía vestirse con esos ojos salidos de sus órbitas clavados en él. Anduvo dando vueltas por la casa buscando una grapadora, pero no tuvo éxito, así que se decidió por cubrir su rostro con la sábana, total, tampoco tenía intención de hacer la cama.
Durante el desayuno confeccionó una lista de sus amigos y familiares. Se trataba de una lista muy corta, nunca se habían preocupado demasiado por sus relaciones sociales. Confeccionó otra lista, algo más larga. Luego dobló cada una de ellas y las guardó en bolsillos distintos.
Salió a la calle confiado, su aspecto externo era tan vulgar, tan anodino y absolutamente normal, que a lo largo de los años no había dejado ninguna huella en vecinos, conocidos, ni siquiera compañeros de trabajo. Nadie que intercambiase unas pocas frases con él era capaz de recordarlo en cuanto se iba. No figuraba en la memoria de nadie, salvo en la de un puñado de amigos y familiares a los que asesinó concienzuda y metódicamente a lo largo de ese sábado primaveral. Pudo descubrir, no sin sorpresa, que era cierto eso de que la cara es el espejo del alma. Efectivamente: si bien con los vivos y sus expresiones cambiantes en función del humor, las preocupaciones, las distracciones y demás, resulta difícil discernir qué clase de individuo alberga cada rostro, la cosa cambia con el rigor mortis, ahí sí hay algo digno de estudio, pero apartó con pereza esa divagación que no llevaba a ninguna parte.
Tachó el último nombre de la lista y la quemó. Acto seguido se sacó del bolsillo la otra lista, en ella había reseñado una docena, no más que una docena, de rasgos de carácter. Como buen observador se había percatado, con los años, de que la personalidad, algo en apariencia tan complejo e intransferible, podía reducirse a la combinación de tres rasgos de carácter de entre una lista de doce. Así, eligió tres: uno que ya poseía y del que se sentía incapaz de liberarse, y otros dos al azar (para ser honestos hay que admitir que no le gustó uno de los rasgos que eligió la suerte, con lo que volvió a efectuar el sorteo).
Satisfecho salió a la calle.
Ya podía empezar una nueva vida.

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