La colonia

La vibración atravesó la colonia: amasijo grisáceo de chillidos estridentes y descarnadas colas enredadas como gusanos que se estremeció como un solo ser, pues ninguno de los integrantes de la colonia (diminutos mamíferos de ojos amarillentos y dientes chirriantes) era nada en sí mismo, sólo un accidente topográfico en ese foco infeccioso que se agitaba y medraba en la oscuridad. Y los límites de la colonia no eran más que obstáculos pasajeros a su crecimiento, o potencial alimento. De modo que el interior y el exterior de la colonia se definían por la colonia misma.

La vibración había venido de afuera.

Como un silencioso monolito oscuro el bajel reptó hasta la cima de la ola cuya cresta, exhausta, se desplomaba ya por las líquidas laderas hasta que ola, cresta y navío se fundían de nuevo en el regazo inquieto de las sombrías aguas. Los relámpagos rabiosos atacaban la noche, acuchillaban las nubes, restallaban incansables. El mástil gimoteó malherido, parecía suplicar al aullido que inmisericorde lo sometió, combándolo primero y luego quebrándolo con un crujido que era a la vez un estertor.
El estrépito de la noche embravecida y en zozobra se había convertido ya en cotidiano, acompasando todos y cada uno de los hueros instantes que la colonia llenaba con su presencia. Y cuando un nuevo estremecimiento se incrustó sanguinolento en las raíces de la colonia ésta llevó su actividad hasta un ritmo febril, inaudito.

En este relato no hay lugar adecuado para especificar lo que se indicará a continuación: si bien como se ha dicho los individuos de la colonia no eran nada por sí mismos (lo cual los convierte en cualquier cosa salvo en individuos), la colonia carecía de conciencia de sí, de modo que el conjunto habitaba una situación de precario equilibrio entre los instantes, precario equilibrio que sólo podía ser perpetuado mediante el crecimiento desmedido de la colonia, el incremento constante de sus incontables integrantes, la inflexible debacle de los límites.

Y así el casco gimió al quebrarse la madera bajo la brutal y aún así predecible suma de fuerzas contrarias, y la colonia (literalmente) fuera de sí abolió sus fronteras y en su centro inexacto pero inmutable creció el vacío mientras se expandía (toda chirridos y rascar apresurado de garras) hasta la disgregación y entonces, sólo entonces, fue fácil discernir todos y cada uno de sus integrantes, tan fáciles de señalar como imposibles de contar arrullados con una violencia no exenta de cierta suavidad por la espuma y el agua salada.

Las ratas abandonaban el barco.

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