XX

Le digo a mi madre que me han educado fatal, sin preparme lo más mínimo para el siglo XXI, y está de acuerdo conmigo. Le digo a mi madre que me han educado fatal mientras mi padre y mis hijos duermen, y compartimos un rato a solas, yo con el primer volumen de Canción de fuego y hielo y ella hojeando una revista, con el televisor de fondo (no lo soporto, no soporto el televisor de fondo, nunca lo he soportado, pero una madre merece, supongo estos sacrificios, aunque me haya educado fatal).

Cuando bajo con Rubén y Xènia a pasar unos días con sus abuelos aprovecho para echar un vistazo al mundo: hojeo el diario, veo las noticias mientras como y a veces la televisión me escupe mientras me estoy inyectando un buena novela de género fantástico. Le digo a mi madre que me han educado fatal fascinado y asqueado ante la mierda que se pasea por la pequeña pantalla: uno de esos programas zapping ofrece sin respiro una retahíla deslavazada de escenas con el nexo común de constituir un homenaje a mi sentido de la vergüenza ajena: veo a hombres y mujeres gritarse e insultarse a la luz impúdica de los platós; un hombre con barba y gafas arrodillarse para atisbar bajo la minifalda de un putón que se pasea fingiendo no darse cuenta; más insultos y gritos; de nuevo el de las gafas y la barba, desgañitándose al pregonar en voz alta el color de las bragas del putón ese; un hombre que no cumplirá ya los sesenta humillándose berreando “La cabra” a cambio de quién sabe qué esperaba conseguir ese pobre desgraciado, y un tío con gafas de sol, una especie de juez o jurado lo pone a la altura del betún desde su sólida posición de famoso o presentador o qué se yo, averganzándolo como sin duda merece pero resultando a la vez un espectáculo vergonzante, un abuso de poder sórdido, pornográfico y misérrimo a la vez: desde su atalaya del éxito televisivo se atreve a ensañarse y escupir verdades a ese pobre diablo incapaz de defenderse como un abusón de patio de colegio, veo a Mercedes Milá (el único rostro que reconozco) hablar de su cuerpo con una procacidad carente de toda gusto. Porque esta es la clave: el gusto. Todo esto me parece de mal gusto, no me parece mal, a secas, no es problema moral ni ético, sino estético. Me parece de mal gusto, soez, exento del menor atisbo de inteligencia, o ingenio, resulta un espectáculo tan esperpéntico que me parece imposible que mueva a la hilaridad, todo lo más me provoca una sensación de aturdimiento e incomodidad, ni siquiera rechazo, se trata más bien del asco reflejo que sentimos (por lo menos yo) al ver alguien comer sus propios mocos.

Le digo a mi madre que me han educado fatal, sin prepararme lo más mínimo para el siglo XXI. Me da la razón.

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