Delfos

Salgo del instituto poco antes de las doce y tengo todo el viernes por delante. El día es radiante, caluroso, delicioso anticipo de verano y mejora todavía de un modo espectacular: en media hora termino las gestiones que debía hacer en Mataró (ningún problema con los papeles, el dinero cobrado al instante, aparcamiento a la primera en dos zonas del centro) esto tiene que ser una señal (sobre todo lo del aparcamiento), hoy será un día especial seguro (encontraré un Picasso en un container conoceré a la mujer de mi vida descubriré el final del número pi), y como el día sólo puede brillar un poco más y estoy en Mataró decido pasar por el gimnasio Delfos, tuve que dejarlo hace ya algunos meses y le dije a Juan, el entrenador, que pasaría de vez en cuando a saludar. Todavía no he cumplido. Hay compañeros además de los que no pude despedirme, en especial quisiera ver de nuevo a Artur.

Artur no fallaba ningún viernes, es un hombre algo mayor que yo, trabaja de jardinero y había sido boxeador. Nos entendíamos bastante bien: me enseñaba a bloquear los jabs con un violento gesto de derecha, a contragolpear desde resguardadas posiciones defensivas, a torsionar la cadera para que el puño llegue a lugares lejanos. Luego charlábamos de Nietzsche, Spengler, tatuajes tribales y Charles Baudelaire. Me apetece de veras verlo y charlar de nuevo con él.

En serio.

Pero no encuentro sitio para aparcar esta vez y la persiana metálica del gimnasio está echada y sé que hoy no veré a Artur, ni encontraré un Picasso ni me enamoraré pero me agacho y contragolpeo como me enseñó y no me dejo abatir. Paso el resto del día recordando nuestras conversaciones sobre kant y el vitalismo, recordando cómo me explicaba que iba a la montaña a rastrear jabalíes, acercándose a ellos hasta que el animal lo oía, o lo olía, y huía asustado ante la presencia del hombre. Y en el coche, a la vuelta, sonaba 20 de abril.

Y ahora, recién duchado después de una sesión de entrenamiento en casa, con las marcas todavía de las vendas en el dorso de mis manos y los nudillos aún doloridos, escribo este post, pero sigo sudando en el gimnasio Delfos, charlando de estética y salvación con Artur mientras el resto nos miran como a dos chalados.

Hoy ha sido un día especial, después de todo.

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