Conversaciones con el fantasma de tu padre

Olvidaste (de nuevo) que tu padre murió. Y van tres. Saliste entusiasmado del cine y echaste mano del móvil mientras encendías distraído un cigarrillo. “Papá tiene que ver esta película”, pensaste. Y recordaste el funeral. Cuando se lo contaste al psicólogo te dijo lo de siempre, que el duelo no pasará hasta que no llores de una vez. Empiezas a creer que es marica. Lo llamabas a menudo con cualquier excusa (a tu padre, se entiende, no al psicólogo de sexualidad incierta) toma nota: este libro te gustará, qué partidazo ha hecho el Madrid, la semana que viene tampoco podré venir a verte y cosas así. El hombre estaba muy solo desde que mamá murió. Y envejecido. Y te pasó y volvió a pasar: descubrirte con el teléfono en la mano y el ataúd resucitado en la memoria.
Recorres en coche otro invencible domingo por la tarde, gastando gasolina que no puedes pagar escuchando música de los noventa. Llamadas perdidas de amigos a los que no quieres ver. Y no acabas de entender cómo han podido joderse tanto las cosas, ojalá algo se moviera alguna vez, ojalá lluevan nuevas heridas en las que hurgar.
Porque todo lo que acaba, duele.

Olvidaste (de nuevo) que tu padre murió. Y van tres. Saliste entusiasmado del cine y echaste mano del móvil mientras encendías distraído un cigarrillo.
―¿Sí?
―Hola, papá, ¿eres tú?
―Sí, claro que soy yo, me estás llamando al móvil.
―Claro, sí, tienes razón supongo, ¿cómo va todo?
―Va…
―Acabo de ver una película que te gustaría, de verdad, es
―No puedo verla, hijo, estoy muerto.
―Bueno, pero estoy soñando ¿no? podemos… no sé… podemos fingir que no ha pasado, no mientras sueño, al menos.
Ya es bastante jodida la vida real, piensas. Pero no recuerdas el resto de la conversación.

Relees el último cuento que has escrito, El hombre que abrazaba a las putas, un cuento sincero, triste y mediocre del que te avergüenzas.
Van echarte del trabajo porque no estás por lo que estás. Ayer volviste a hablar con tu padre insististe en hablar sin mencionar ese puñado de pastillas de más. Y recuerdas la última conversación que mantuvisteis en el mundo de los despiertos charlasteis de tonterías y un par de veces te preguntó cómo estabas. Bien, claro, qué ibas a contestar. Y caes en la cuenta de que no le devolviste la pregunta.
Y tecleas sin ganas el título de un nuevo cuento.
Porque todo lo que acaba, duele.

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