Acechante

Como solución natural al problema decidió emparedar su cuerpo. Demasiado tiempo hacía ya que pertenecían a otro sus músculos, nervios y mejunjes bioquímicos. Demasiado tiempo hacía ya que se había visto desterrado al azaroso reino de más allá de su dermis.

No se trató en ningún momento de una ocupación violenta, más bien la usurpación había sido llevada a cabo sigilosa como una depresión incipiente, había medrado imperceptible y no sabría decir cuál fue el primer signo que percibió ¿Tal vez fue el sueño aquel que durante un tiempo le acosó en sus frecuentes estados de duermevela? No se trató exactamente de un sueño, era más bien una distorsión del pensamiento que se tornó más diáfana armonizándose con los sonidos de su entorno (el preciso compás del grifo que gotea, la estridencia nocturna del gato en celo, el quedo susurrar de las sábanas).

Y fue allí, en el bifurcado reino de la onírica vigilia, en el límite preciso y a la vez indiscernible de la consciencia y la inconsciencia, que se descubrió atendiendo a un extraño tambor, un tambor inconstante, ausente como sumergido en lodo. Tardó en comprender que se trataba de su propio corazón.

¿Fue entonces cuando empezó a intuirlo? ¿O fue tal vez más tarde: la primera vez que se mordió las manos sin sentir dolor ni emoción alguna?

Pero ya era tarde: algo había controlado por completo su cuerpo y a él no le quedaba más que atisbarse desde cualquier superficie reflectante, expulsado de su cráneo, acechaba desde los espejos y las pupilas ajrenas, acechaba su propio cuerpo y acechaba también a sus amigos, familiares o compañeros de trabajo, pues los hipócritas fingían no darse cuenta de nada mientras lanzaban miradas furtivas y preguntas en apariencia inocentes. Y él descubrió el modo de saber de verdad lo que pensaban cuando los sorprendía desde el filo reflectante de un cuchillo.

Como solución natural al problema decidió emparedar su cuerpo. No recordaba muy bien como lo consiguió, pero ahora vagaba libre, al otro lado de las superficies pulidas, sorprendiendo a sus conocidos desde el otro lado de un cristal roto o una hoja de acero afilada cuando se sentía de buen humor.

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