…al otro lado de la línea

 

Solía pensar que si tenías un buen comienzo ya tenías el resto. Era muy influenciable, y posiblemente había adoptado esa creencia tras haberla leído en las declaraciones de algún escritor. Él era así, si veía a algún escritor en televisión o lo escuchaba por la radio, y decía “antes de escribir me tomo siempre un té con canela” o “por mucho que lea lo que de verdad me inspira son los partidos de hockey sobre hielo” o cualquier cosa por el estilo, Marc las ponía en práctica con gran rapidez. Ni siquiera tenía que gustarle el escritor en cuestión, muchas veces no había leído nada suyo.

Tenía en su haber muchos comienzos de relatos, o de novelas, quién sabe. Algunos muy buenos otros no tanto. Un párrafo, dos, muchas primeras frases, alguna página entera… Él quería… bueno, casi da vergüenza decirlo, él quería escribir sobre su vida y sólo sobre su vida. Su vida cruda y sin embustes. No por afán exhibicionista, ni por egolatría es sólo que necesitaba saber si había algo ahí dentro que mereciera la pena ser dicho. Y tomaba posiciones ante la pantalla del ordenador o ante una hoja de papel ¿qué más da? Y entonces se decía “No voy a poder” y releía lo que había escrito, buscándose una vez y otra vez pero  en realidad, no había nada allí todavía, sólo unas líneas, un principio, y no sabía cómo proseguir, ¿decir de sí mismo cuatro cosas apresuradas, cómo quien rellena un formulario (hablar de su edad y el lugar dónde nació y todo eso)? ¿Elegir un par de rasgos, vicios o virtudes, y dejarlos caer sobre el papel como un escupitajo? O tal vez todo lo contrario, con parsimonia, frase a frase, párrafo tras párrafo, reconstruir su carne, sus huesos y su sombra y así, como en un ritual de magia negra, desde cualquier sanguinolento pedazo de cartílago recrearse entero. No tenía sentido.

 

Habría que parar en seco porque esto se está embrollando demasiado. Marc debía ser escritor, y solía pensar que si tenías un buen comienzo ya tenías el resto, creía esto ya que era muy influenciable, y posiblemente había adoptado esa creencia tras haberla leído en las declaraciones de algún escritor. Algún escritor de éxito. Marc no solía dedicar demasiado tiempo a leer los escritores de éxito, pero intentaba seguir los pasos de todos ellos: en revistas, programas de televisión (pocos), internet biografías lo que fuese. Lo que fuese. No lo guiaban la admiración ni el afán imitativo, no buscaba en verdad algo así como la pauta común, el código del éxito, tampoco quería establecer un decálogo de buenos consejos, depurando aquí y allá algunos trucos de profesional. Era envidia, pura y enfermiza envidia. Marc era rencoroso, su memoria formidable y detallista envolvía cada minúsculo recuerdo, cada rostro y cada gesto, en un hálito malsano y ponzoñoso de rencor.

 

Esta es la historia de su rencor:

 

Como toda historia que narra la génesis de un rasgo de carácter, hay que remontarse a la infancia del protagonista. Marc no había sido un niño brillante, tampoco era tonto, no me malinterpretéis, era simplemente un niño del montón, y las matemáticas se le atravesaban, como a muchísimos otros niños. Fijemos la edad: unos diez años. Un compañero de clase, no uno de sus amigos, ni tampoco otro a quien tuviese especial manía, se ofreció a ayudarle con un problema que no le salía. Durante ocho noches seguidas tuvo problemas para dormir. Y la novena, entre las sombras de su habitación, se le apareció el rostro del muchacho, congelado en un gesto que no percibió entonces, en el preciso instante en que el niño se ofreció a ayudarle y por un momento, sólo por un momento, se dibujo en su rostro una despiadada mueca de lástima cuajada de buenas intenciones. Desde entonces no pudo sentir hacia ese niño nada más que odio, un odio sordo, frío y paciente.

Sería injusto responsabilizar a Marc de su carácter rencoroso, más bien fue una ineluctable consecuencia de sus escasas dotes de observador (carencia bastante grave para tratarse de un escritor en ciernes, dicho sea de paso). Si Marc hubiese percibido de inmediato esa fugaz expresión de lástima, con toda probabilidad su reacción hubiese sido igualmente instantánea, algo así como un airado gesto de rechazo hacia esa oferta de ayuda. Y tal vez, sólo tal vez, ese airado gesto se hubiese encadenado con otros similares, con lo que lentamente su carácter se habría forjado como un monolito orgulloso y noble, algo chulesco quizás, pero siempre franco al fin y al cabo.

En cambio, la lentitud en su percatarse, acarreó igual lentitud en la respuesta, lo que desembocó, con el paso de los años, en un carácter tortuoso y esquivo, de múltiples rostros siempre inaccesibles. ¿Era acaso culpa de Marc que siguiesen juntos hasta el instituto? No, sin duda, y ante el paso de los años Marc no pudo hacer más que esperar, alimentando su rabia paralítica, una rabia que reptaba lenta y pegajosa como una babosa, manchándolo todo. Marc siguió los pasos del chico hasta la universidad, estudiando la misma carrera que él, se adentraron juntos en el mundo del trabajo, y cuando tuvo ocasión, le arrebató el puesto, la esposa, su vida. En cierto modo, lo suplantó. Convirtió semejante atrocidad en un breve relato, La vía muerta, su primer relato (o por lo menos el primer relato que él creía merecedor de ser tomado en cuenta).

No hay que creer, no obstante, que dedicase todos esos años exclusivamente a su venganza para con ese chico, ni mucho menos, por el camino hubo también otros muchos actos de rencor, aunque no tan majestuosos ni elaborados.

 

Esta es, a grandes rasgos, la historia del génesis de su rencor.

 

―Creo que por fin tengo algo más que un principio, creo que le estoy cogiendo el tono ―dijo Marc a su esposa, Susana―, ¿le echas un vistazo después de cenar?

 

―No me ha convencido, lo siento Marc, pero… no sé, ¿qué necesidad tienes de dar esa imagen de ti mismo? No lo entiendo, tú no eres así.

―Pero esa no es la cuestión, que yo sea de tal o cual manera es sólo accesorio, de lo que se trata es

―Pero tú dices que querías escribir sobre ti mismo y sólo sobre ti mismo…

―No, no digo eso, digo que el Marc que está ahí escrito quiere eso, no yo…

―Ya, ¿y por qué pones mi nombre y en cambio a ti te llamas Marc? Vale, dejemos eso. No veo a dónde vas, son sólo tres páginas pero parece más el principio de una novela que el de un cuento y no sé, no me gusta cómo lo planteas. Resulta todo demasiado artificioso, demasiado increíble. Además, perdona que te diga, pero eso de le arrebató su trabajo y su esposa…  suena fatal. Arrebatarle la esposa suena como muy troglodita, muy la llevo a rastras hasta mi cueva.

―Es machista. Te molesta porque es machista.

―Suena machista, sí. No suena bien.

―O sea que si suena machista no suena bien. No veo que tiene qué ver una cosa con la otra. ¿Te parece que Romeo y Julieta no suena bien? Porque yo la veo bastante machista.

―¿Te estás comparando con Shakespeare?

―Sólo como machista, ¿vale?

 

Pero era evidente que Susana tenía razón, bastaba con leer los tres primeros párrafos para darse cuenta de que aquello no tiraba, no iba a ninguna parte. Él quería escribir sobre su vida y sólo sobre su vida. Su vida cruda y sin embustes. Pero había algo allí, como una roca en el engranaje, se dijo que tal vez hubiera otro punto de partida, oculto a todos salvo para él: su caligrafía diluida, las letras desdibujadas y vacilantes, como si durante el proceso de escribir todas y cada una de las palabras olvidara y recordara varias veces como escribirlas. ¿Podía realmente la forma en que su mano desparramaba las letras decir algo a quién le leyese? Triste recurso para alguien que no creía en la grafología, ni en la psicología, ya puestos.

 

Susana estaba, obviamente, preocupada, Marc estaba cada vez más ensimismado y malhumorado, ausente. Y se dio cuenta de que la aparición de Susana en estas líneas, en su triple rol de lectora crítica del marido, feminista moderada y preocupada esposa por la crisis creativa del hombre de la casa era puro tópico, un asco. Y decidió suprimir ese personaje de un plumazo, aun a riesgo de quedar expuesto como un misógino. ¿Era justa esa decisión? ¿Debían otros pagar siempre las consecuencias de su propia incapacidad?

 

―¿No te das cuenta, Marc? Han de pasar cosas, has de crear personajes que hablen y sientan y

―¿Y cómo hago eso, Susana? Tengo claro lo que quiero decir, pero me falla

―El cómo.

―¡No joder! No es eso

―¿Pues qué, qué falla?

Y Marc no respondió, le pasaba cada vez más a menudo, quería hablar pero no con ella, ella que no entendía nada, quería hablar y se hablaba a sí mismo se llevaba los dedos a la sien y apartaba la mirada cuando Susana sujetaba su barbilla con manos cada vez más desesperadas

―¿Qué, Marc? ¿Qué falla?

Y Marc quería decir que no tenía nada que decir, que no había nada que decir y quería decir que temía el momento de irse a la cama tanto como ella y quería decir un montón de cosas sin sentido ni esperanza, y quería decir lo jodido que estaba todo cuando ni siquiera en sus mundos imaginarios era capaz de llegar a alguna parte y apretaba las mandíbulas y apartaba los labios de sus besos insistentes “¿qué falla, Marc? dime por favor ¿qué falla?”

Y decidió acabar el cuento.

 

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