El monstruo

Tan estremecedora resultaba esa aberración, tan alejada se hallaba esa cosa del reino de la naturaleza, tan palmario era, en definitiva, su carácter monstruoso, que en el mismo instante en que fue ofrecido al mundo y la luz, su madre, una mujer de alma sensible, frágil y bondadosa, falleció sin poder reprimir un grito de espanto. La criatura, guiada por un feroz instinto de supervivencia, transmutó de inmediato sus facciones dejándose llevar por el diseño impreso en aquello que los doctores, enfermeras y comadronas habían esperado ver, de modo que ante sus ojos se mostró como cualquier otro recién nacido: arrugado, chillón, adorable en suma. Y si a lo largo de su vida a alguno de los presentes en la sala asaltó alguna vez el fugaz recuerdo de sus rasgos monstruosos, bien fuese en agitadas pesadillas, bien fuese en cualquier otra circunstancia, no dudaron en atribuir dicho fenómeno a la honda impresión que les hubo causado en su día la muerte de la madre, aquella encantadora y bella mujer.

El padre no pudo evitar distanciarse de su hijo desde el momento mismo en que lo vio, tal vez no podía soportar la visión de aquel ser que él inevitablemente asociaba con la muerte de su querida esposa, tal vez la mascarada del hijo no pudo engañar al hombre que lo había engendrado. Lo cierto es que pasó el resto de sus infelices días ensimismado, el rostro empapado en dolor, la mirada ausente y un temblor constante en sus manos y su labio superior. Si durante esos largos años le asolaron la melancolía, o el arrepentimiento de haber dado vida a un engendro, o ambos sentimientos, es un secreto que se llevó a la tumba. Aunque la modesta opinión del autor se inclina por considerar que ni siquiera la sagacidad del padre, unida a su inquebrantable nobleza de carácter, pudieron descubrir lo que se ocultaba más allá de ese niño arrugado, chillón, adorable en suma.

Y así el monstruo fue entregado a preceptores privados. No tardó en demostrar un precoz afán por saber, una inusitada facilidad para comprender y asimilar los más abstractos conceptos, dicho de un modo breve y directo: una inteligencia sencillamente superior. ¿Sospechó alguien alguna vez que aquello no era más que la manifestación de un atroz pánico a ser descubierto? ¿Pudo alguien imaginar que tras esa apariencia brillante se ocultaba un monstruo que había hallado la salvación en la imitación? Pues en efecto, la imitación y no otra cosa guiaba sus actos, su aprendizaje, su vida y su ser. No conforme con haber imitado los rasgos de un recién nacido, imitó también sus huesos, nervios y entrañas. Imitó luego el voraz apetito de los bebes, la inocente crueldad de los niños y fue incluso capaz de imitar sentimientos de amistad, odio y amor de un modo tan perfecto que eran acompañados por las correspondientes sensaciones de placer, dolor e incertidumbre.

Obtuvo así amigos francos y dispuestos, adversarios dignos y nobles, algún que otro amor hermoso y dulce, merecedor sin duda de ser narrado en alguna novela de más alto rango y belleza que estas breves líneas, cuya única y humilde pretensión no es otra que la verdad. Aumentó también la cuantiosa fortuna que había heredado, floreció a su alrededor una familia adorable y podría decirse que se granjeó la fama de hombre inteligente, cultivado y sensible. Y en verdad podríamos decir que así era, pues la facultad imitativa del monstruo había alcanzado tal grado de perfección que ciertamente todas estas virtudes pasaron a formar parte de él.

Cuando murió apenas había cumplido los cincuenta años. Fue ciertamente un hecho inesperado, pues siempre había gozado de un aspecto envidiable y una salud magnífica. Nadie sospechaba, por supuesto, que el terror y la angustia habían crecido en el alma del monstruo a la par que perfeccionaba su técnica mimética, hasta que lo devoraron por completo. ¿Y cómo iban a sospecharlo, si incluso con su último estertor tuvo fuerzas para reflejar el rostro sereno y en paz ante la muerte que todo el mundo habría esperado de él? Y así, alrededor de su lecho de muerte, su esposa, hijos, familiares y amigos, creyeron percibir en su faz la felicidad ausente y pura de un recién llegado al mundo, e incluso su gesto había adoptado el aire de un niño arrugado, chillón, adorable en suma.

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