un trayecto en tren

(Copiado tal cual de mi cuaderno de notas)

Escribo esto en el tren. Sábado por la mañana camino del delta del Ebro, me dispongo a pasar el fin de semana con mis hijos. Ayer viernes me sentía bastante asocial, así que la noche empezó con una pizza en el horno, boxeo en la tele y un par de cervezas en el congelador. Baterías cargadas. Escribo esto en el tren. Sábado por la mañana. En la mochila llevo dos compras impulsivas: en Sants me he hecho por cuatro euros con Demencia 13 y La noche de los muertos vivientes. En cuanto las vi mi mano actuó por acto reflejo, algo así como aceptar la invitación a un chupito de madrugada. Escribo esto en el tren. Sábado por la mañana. Junto a mí  dormita una chica bastante guapa, bastante. A ratos se despierta y mira por la ventana y me llega la música de sus auriculares, Night in tunisia, Jockey full of bourbon algo de Ray Charles… pero no se quita los putos auriculares, así que me resulta imposible entablar conversación con ella. Así que escribo, escribo, leo, escribo… y justo la parada anterior a la mía me levanto para dejarla salir, ha guardado su iPhone y la ayudo a bajar sus cosas del compartimento, me da las gracias “de res” respondo “i conserva el teu gust musical”. Me sonríe con franqueza, creo, o por lo menos no hay en su mirada ningún rastro de “y el tío este gilipollas con qué me sale ahora” ni nada por el estilo. Hay que bajar. Próxima parada.

 

Más tarde:

El trayecto me deparaba una última sorpresa: otra sonrisa de mujer, esta vez una señora de setenta y pico años con la que me encuentro en la plataforma, minutos antes de bajar. Coincidimos en el mismo trayecto hará unos meses y lo cierto es que resultó una conversadora de lo más agradable. Transmitía la sensación de ser alguien en paz consigo mismo, me habló de sus venturas y desventuras sin hacerse pesada y demostró ser una de esas personas que se encariñan con los demás y con las que uno se encariña fácilmente. Hemos hecho todo el trayecto vagón por vagón, sin vernos, una lástima. Y su sonrisa es franca, tanto como la mía.

Bajamos del tren charlando y se presenta su hija, de la que me habló, la mujer, sin dejar de sonreír, me presenta: “Recordes aquell jove que et vaig dir que havia trobat al tren?”, su hija la da un beso sin mover un músculo de la cara y ni siquiera me mira. Su semblante serio y su mirada hosca no se preocupan en disimular  que albergan un cráneo amargado y mezquino, hay cosas que incluso yo detecto a la primera, así que me despido de la mujer sin mirar tampoco a su hija y me digo que incluso el mejor de nosotros puede cruzarse con un auténtico hijo de puta, y a veces no hay manera de sacárselo de encima y me pregunto si habrá hecho algo para merecer realmente una hija así o ha sido pura mala suerte.

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