Un cuento de otoño

Nadie sabía qué pintaba allí el viejo. En realidad no era viejo, tendría unos cincuenta y pico años mal llevados. La cena la había organizado Durán, creo, un tío majo para ser de matemáticas, se ve que cada año hacía lo mismo hacia finales de octubre o así, la idea era que los profesores nos conociéramos entre nosotros, sobre todo los nuevos. No estaba toda la plantilla, claro, recuerdo a la profesora de educación física, Gloria o Yolanda o no sé, no me acuerdo ya. Estaba también Albert, el de historia, un hombre encantador, vino con su compañera, una mujer guapísima algo mayor que él. Los nuevos estábamos los tres. En total seríamos unas doce personas, casi todo el equipo docente de un pequeño instituto reunido en un tranquilo restaurante de pueblo. Y el viejo, el Leguas, de lengua y literatura castellana. Lo llamábamos también la mula, por la cosa del apellido. Nadie lo soportaba. Nadie hablaba con él. Nadie sabía que pintaba allí el viejo (esto es mentira, no se llamaba Leguas, aunque sí le apodábamos la mula, nunca supe porqué).

La cosa empezó mal, antes de que llegara la cena el viejo había bregado ya con media botella de vino de mesa, y apenas si tocó la ensalada bañada en aceite barato mientras remataba la otra media.

De vez en cuando intentaba entablar conversación con alguien que tuviese cerca, y cada fracaso era celebrado con un trago apresurado, conforme la gente lo evitaba él intentaba comunicarse con aquellos que tenía más lejos. No tardó mucho en gritar incoherencias hacia la otra punta de la mesa, luego bebía esperando la respuesta hasta olvidar lo que había preguntado.

 

No sé cómo fue, cosas de pueblo pequeño supongo, pero al terminar se unieron a nosotros cuatro o cinco alumnos que habían acudido a matar el viernes noche. No se unieron a nosotros, claro, vinieron por Albert, lo adoraban como yo recordaba haber adorado también a algún profesor en BUP o COU. El hombre era carismático y yo envidaba su habla pausada y el ascendente que tenía sobre los chavales y pensé seré un profesor igual que él y yo también lo admiraba. Mierda de síndrome del profesor Keating.

 

Estábamos ya en la sobremesa y se nos acerca el viejo carajillo en mano y le suelta:

―¿Estás disfrutando? ¿Eh? ¿Estás disfrutando, marica de mierda?

Nos callamos todos de golpe. Albert se limitó a mirar con una ligera sonrisa y se giró para decir algo su compañera o a alguna alumna, quizás.

―¡Eh! Que te estoy hablando, ¿te crees que tienes derecho a hacerle esto a estos chavales?

―¿Y si lo dejas por hoy? ―respondió Albert condescendiente.

Pero el viejo seguía a la suya y se sentó señalándonos: a mí y a los novatos.

—No tiene derecho mierdecila… tienes carisma pero eso es puta suerte, conectas con los alumnos cabrón y te aprecian, pero no es mérito tuyo, es pura suerte que nacieses así y a estos novatos se les cae la baba. Tontopollas… ¿os creéis que os pasará igual, que tendréis la misma leche que él?  ¿Creéis que esto es trabajar? ―hizo un amplio ademán que abarcó la mesa llena de platos vacíos y copas llenas― y ellos

―Déjalo ya.

Cortó Albert ayudándole a levantarse, también yo le eché una mano y el viejo se dejó llevar dócil hacia la salida sin dejar de hablar:

―… y los alumnos. Son idiotas. No saben nada. Carne de cañón comida de perros y tienes los santos cojones de decirles que son especiales y se creen que el mundo va a ser fácil y los tratas como si fuesen

―Espera un segundo. ―me dijo Albert justo en la puerta (el viejo seguía farfullando), y habló un momento con los de la mesa. Se disculpó por Leguas. El pobre Leguas había bebido demasiado y el pobre Leguas estaba pasando una mala racha y el pobre leguas seguía y seguía echándome el aliento en la oreja, ya era hora de llevar al pobre Leguas a casa. Albert conocía al pobre Leguas desde hacía ya algunos años y es un tío cojonudo, de verdad. Pero no ha tenido suerte en la vida, y a veces se le va.

 

Salimos del local

―No no ―me corrigió Albert al ver que me encaminaba hacia su coche― su coche está en la calle de abajo. Y al tiempo que hablaba corrigió la dirección de nuestros pasos.

Leguas masculló algo y sacó las llaves del bolsillo. Los tobillos se le doblaban.

―Pero Albert, este hombre no está para conducir.

―Que se joda.

 

El coche arrancó con un atronador golpe de gas. Recorrió treinta lentísimos metros antes de encender las luces.

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