La agonía del señor M

¿Qué sonidos colmaban, vibración a vibración, la ostentosa y vasta estancia resbalando sobre los contornos inciertos como si se demorasen en un irreal vaso de silencio? Algún apagado murmullo, el taconeo o chirriar de pasos apresurados o lentos, el tamborilear de unos dedos sobre madera, o ruidos más mecánicos (aunque no por ello menos humanos), como el crepitar de un cigarrillo, el repiqueteo de la cucharilla contra la taza de café, el entrechocar del hielo en la copa.

La sala, de proporciones desmesuradas, carecía de centro, no había en ella elemento alguno capaz de atrapar el espacio e irradiarlo desde sí, no había objeto alguno al que asirse como constante punto de referencia. De modo que todos los presentes parecían navegar, y no sólo a los ojos del espectador ajeno, a ellos mismos les embargaba la sensación de ir a la deriva constantemente: de las rígidas sillas dispuestas alrededor de la formidable mesa a las señoriales butacas desparramadas por los rincones. También se formaban, a veces, improvisados campamentos junto a los numerosos muebles bar y frágiles corrillos presididos por algún magnífico lienzo. Y cuando alguien se sentía perdido y agobiado entre tanto silencio, tanta penumbra, y tanto aislamiento, hallaba refugio en cálidas islas con figura de mullido sofá.

La prole del señor M, innumerable, había acudido desde todos los rincones del mundo a la llamada de su inminente muerte. Ex-esposas, hijos, nietos y amantes, todos ellos acarreando sus pesados fardos repletos de parejas, hijos, nietos y amantes.

Inútil sería intentar diseccionar mediante el análisis aquel organismo amorfo y sin embargo coherente, inestable como el extraño resultado de algún complejo proceso químico, cuyas partes se desdibujaban y dibujaban a un tiempo transitando de la desidia a la impaciencia, del cansancio a la exultante esperanza. En suma podría decirse que se recorrían la infinitud de matices y variantes posibles a partir de un puñado de sentimientos básicos, primigenios.

¿Cómo trazar un boceto de aquel cuerpo en el que fuesen mínimamente apreciables sus principales miembros, órganos y rasgos? Es cierto que se habían formado grupos, facciones en torno a intrigantes cabecillas, pero el exceso de horas y de aburrimiento, unidos a un inexorable encadenamiento causal, hacían de esos grupos entidades efímeras, débiles, fútiles y, por supuesto, imposibles de fijar con algún rigor conceptual. Del mismo modo, el cabecilla de hoy era el bufón de mañana, pues no había obtenido su puesto en virtud de cualidad alguna, lo cierto es que sólo un cúmulo de ínfimas circunstancias y de mutables sentimientos temporalmente confluentes lo habían empujado hasta aquel puesto.

Absurdo también plantearse hablar de los habitantes de la sala uno por uno, no sólo porque su excesivo número y la absoluta falta de interés que despertarían todos y cada una de ellos en cualquiera convertirían dicho planteamiento en una tarea ingrata, extenuante y larga, sino porque los individuos estaban lejos de constituir el núcleo del perpetuo movimiento y de las fugaces pausas.

Muy al principio la situación había sido distinta, y se sucedían agrupaciones coherentes en torno a individuos coherentes: alguna tía lejana parecía cobrar cierto ascendiente sobre el grupo de primogénitos o un puñado de abogados con nuevas ideas y viejas ambiciones aparecían para formar una nueva tribu hasta que, en un latido, dicho grupo se desmembraba, pasando sus partes a las órbitas de los parientes lejanos, los jóvenes, o cualquier otra adscripción disponible en el momento. También parecía que ciertos elementos resistían como escollos inmunes al oleaje: la altiva actitud de aquel que había acudido en aras de un postrero acto de reconciliación cuyo desprecio se extendía hasta sus propios hijos, quienes lo rehuían avergonzados ante la familia, la hermana sensata que buscaba el consenso entre todas las partes, o la intermitente presencia de aquellos temerosos de quedar atrapados en la corriente pegajosa que impasible descendía por el sólido cauce de la agonía del señor M.

Todos estos caracteres, géneros y tipologías relativamente fáciles de clasificar habían sido subsumidos tiempo atrás bajo las divisiones arbitrarias e indiscernibles que el incesante transcurrir creaba y aniquilaba de modo espontáneo.

 

La puerta de doble hoja se abrió y se repitió el ritual de cada noche: el acercamiento lento, solemne, las miradas nerviosas, inquisidoras. El doctor cruzaba la sala con aire ausente, en sus ojos no se reflejaba el infinito desprecio que sentía hacia aquella caterva de codiciosos, pedigüeños, hipócritas que se hacinaban alrededor de la promesa del cadáver que nunca llegaba.

Y mientras escuchaba los limpiaparabrisas chirriar y el repiqueteo de la lluvia contra los cristales de su coche el doctor pensaba en la misión que el destino le había reservado: como un vengador ángel de la justicia había dedicado todos sus esfuerzos, conocimientos y voluntad a prolongar la inútil agonía del señor M durante doce años, había erigido un formidable monumento a la no-vida: tubo sobre tubo, máquina tras máquina, seguiría obligando por toda la eternidad a respirar y a latir a esos pulmones y ese corazón dentro de ese cuerpo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: