La cocina (III)

La puerta más triste

 

Cruzó otra puerta que no llevaba a ninguna parte y allí se refugió, incapaz de soñar mundos hermosos.

No tardó en llegar el primer peregrino: era un hombre de éxito, uno como tantos otros, y como tantos otros, si pensaba en su vida se echaba a llorar, estuviese en el trabajo, en la calle o en el cine. Y como tantos otros, no pensaba. Fumaba un cigarrillo tras otro, hablaba y hacía el amor, iba al campo con sus hijos. Como a tantos otros, quiénes lo conocían le dijeron que estaba mal, deprimido, que debía ir al médico. Para ver las cosas de otra manera. Y entonces ese hombre oyó hablar del muchacho que halló refugio en una puerta que no llevaba a ninguna parte y contempló por un tiempo esa puerta reflejada en los ojos del joven. No tardó en descubrir que en verdad estaba en paz, que la causa de su profundo abatimiento era tan solo un tumor cerebral del tamaño de una nuez, aliviado murió feliz entre vómitos y náuseas. Como primer milagro, no estuvo mal.

Hubo más, personas todas desesperadas. Acarreaban el fardo de una existencia convertida en condena merecida y todos, tras hundirse en su pupila desde el umbral de la puerta, eran liberados de su angustia por una muerte atroz, dolorosa, y relativamente lenta. Y morían tan felices y agradecidos que dejaban al muchacho parte de su herencia. Y él no supo qué hacer con el dinero, pero por suerte no faltaron amigos y familiares dispuestos a aconsejarle y administrar sus bienes.

 

La cosa se torció con la llegada del hombre más poderoso del pueblo, se trataba de un suicida sin coraje, que debía su status social y económico al hecho nada desdeñable de haber seducido a las más ricas y bien situadas mujeres del lugar. Peregrinó. Atisbó en la mirada del muchacho. Contempló esa triste puerta. Y no ocurrió nada. Despechado y con renovada salud logró que el chico y su puerta fuesen expulsados del lugar.

 

Cuatro jóvenes se unieron a él. Tres mujeres y un hombre que lo ayudaron a empujar su puerta por los caminos y jamás le miraban a los ojos. Arribaron a otro pueblo, mayor y más feo que el anterior. Con mantas sobre los hombros levantaron un campamento en las afueras, y aguardaron. Es justo decir que los acompañantes esperaban sacar beneficio de la situación. Puesto que el muchacho no confiaba ya en el poder de sus pupilas, los peregrinos optaban ahora por tocar las bisagras de la puerta (quién puede saber porqué) a cambio de un donativo. Resultó tratarse de un fármaco eficaz para la mediocridad: los que cumplían el rito olvidaban en seguida sus sueños y adoptaban una existencia de conformidad. Hizo furor. Mucho dinero cambió de manos. Acudieron en tropel jóvenes estudiantes sobrepasados por la presión, y llegó de nuevo la huida al ser perseguido por una turba de padres furiosos que vieron frustrarse los anhelos y metas que habían depositado en sus hijos.

El muchacho arrastró la puerta hasta el corazón o el hígado o una víscera cualquiera y oscura del bosque y allí se sentó. Contempló el apacible pudrirse de la puerta (o lo que quedaba de ella) y de sus restos brotó un lenguaje. Un lenguaje bello y distante. Capaz de recorrer las cosas sin lacerarlas, capaz de abrazar el mundo. Y el muchacho siguió contemplando el llegar de la gente a la antesala de esa semántica sin fisuras, límpida e inofensiva. Y hubo personas que se adentraron en el bosque, y algunos no regresaron jamás, y no fueron encontrados, otros en cambio aprendieron esa lengua y balbucearon por siempre más la belleza de las cosas y escucharon el resto de sus felices días en celdas acolchadas el sonido de la paz. Y seguían llegando. Llegaban lentos e inadvertidos, extraños peregrinos huyendo de sus mezquinos rincones de monotonía y vacío. Buscaban sosiego. Buscaban felicidad. Buscaban algunos todavía la puerta casi inexistente ya. Buscaban familiares perdidos en el bosque.

Los lindes del bosque se habían convertido en un circo deforme y civilizado.

Anna llegó al caer la noche. No atendió a los restos sombríos de la puerta. No quiso saber nada de ese cálido lenguaje. Miró en cambio al muchacho y musitó: “te daré un nuevo nombre”. Besó luego sus labios cerrados, tal vez muertos ya.

La hierba desnuda bajo sus pies.

Fin.

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