La cocina (I)

Tengo un cuento a medias que empieza a correr peligro. Los relatos que permanecen inacabados durante mucho tiempo terminan por convertirse en una cosa hueca y ajena. Y como de veras quiero terminarlo y estoy volviendo a bajar la guardia he pensado que un modo de obligarme a continuar con él es irlo terminando a la vista de todos. Enseñar la cocina, por así decirlo.

Quería escribir sobre alguien que buscaba el refugio definitivo, alguien expulsado del reino de la acción por quién sabe qué pecado. Tenía claro que iba a guarecerse en su cama. Y así escribí la primera frase del cuento, y luego su título:

 

La cama más triste

Cruzó otra puerta que no llevaba a ninguna parte y allí se refugió, incapaz de soñar mundos hermosos.

 

En cuanto escribí esa frase me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo desarrollar el relato (si es que llegaba a serlo alguna vez), hasta que se me ocurrió cruzarlo con otra idea a la que llevaba tiempo dando muchas vueltas: escribir algo sobre un objeto (fue un árbol, un rostro, un muro…) un especie de tótem de tristeza que irradiaba tal aureola de fatalidad, que quien lo contemplaba se sentía mucho mejor al compararse con aquella cosa taaaan desgraciada. Obviamente, este planteamiento demandaba ciertas dosis de humor negro. Vale, ya estaba claro, ese objeto iba a ser la cama. Y entonces el cuento arrancó:

 

Cruzó otra puerta que no llevaba a ninguna parte y allí se refugió, incapaz de soñar mundos hermosos.

No tardó en llegar el primer peregrino: era un hombre de éxito, uno como tantos otros; y como tantos otros, si pensaba en su vida se echaba a llorar; estuviese en el trabajo, en la calle o en el cine. Y como tantos otros, no pensaba. Fumaba un cigarrillo tras otro, hablaba y hacía el amor, iba al campo con sus hijos. Como a tantos otros, quiénes lo conocían le dijeron que estaba mal, deprimido, que debía ir al médico. Para ver las cosas de otra manera. Y entonces ese hombre oyó hablar del muchacho que halló refugio en una cama triste y sucia y contempló por un tiempo esa cama reflejada en los ojos del joven. No tardó en descubrir que en verdad estaba en paz consigo mismo, que la causa de su profundo abatimiento era tan solo un tumor cerebral del tamaño de una nuez, aliviado murió feliz entre vómitos y náuseas. Como primer milagro, no estuvo mal.

Hubo más, personas todas desesperadas. Acarreaban el fardo de una existencia convertida en condena merecida y todos, tras hundirse en su pupila desde el umbral de la puerta, eran liberados de su angustia por una muerte atroz, dolorosa, y relativamente lenta. Y morían tan felices y agradecidos que dejaban al muchacho parte de su herencia. Y él no supo qué hacer con el dinero, pero por suerte no faltaron amigos y familiares dispuestos a aconsejarle y administrar sus bienes.

 

Y aquí la cosa se paró de nuevo.

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3 Responses to La cocina (I)

  1. Anónimo says:

    Falta zombis y tias en lenceria…lo segundo estaría bien que viniese con ilustraciones…eso suponiendo que realmente se deba hacer mas largo.A mi tal y como está ya me parece un cuento cerrado y apañado.

  2. Pingback: La cocina (II) « Con pretensiones

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