El halago

Agotado todavía por la crisis de ansiedad que había sufrido el día anterior, llegó al trabajo por los pelos, sintiendo con cada zancada el peso de su cabeza hundida en la barbilla. Y al entrar en la oficina la sensación de ahogo en el pecho volvió sin más. Era incapaz de recordar uno solo de los nombres de sus compañeros. Para ser exactos, los nombres estaban ahí, en su memoria, pero no podía asociarlos a los rostros que le saludaban sin mucho ánimo. No se dejó llevar, musitó un buenos días a nadie en particular, se sentó y respiró hondo mientras fingía ordenar algunos papeles sobre su mesa. Despacio, los nombres comenzaron a encajar con los cuerpos como las piezas de un puzle. No habían pasado más de dos o tres minutos. Nadie se percató de nada.

La jornada no se hizo mucho más larga de lo habitual.

Volver a casa era lo duro de verdad.

Paseó sin fuerzas casi no había comido, entró en un bar pidió una cerveza y un bocadillo que apartó asqueado. La cerveza lo mareó, bajó algunas calles más y se encontró con Teresa. Y claro, tuvieron que tomar un par de cañas, y él quería de veras alegrarse de verla porque era una mujer fantástica y le gustaba pero lo único que quería era no hablar con nadie no explicar nada. Quería dormir. Y pudo ver en su mirada que ella se dio cuenta en seguida de que algo ni iba bien, pero era lista y no preguntó nada (suerte suerte que no preguntó) y siguió hablando con voz tranquila de cosas sin importancia y entonces le dijo que por fin había encontrado tiempo para leer los poemas y cuentos que le dejó.

―Escribes muy bien.

Dijo. Sólo eso. Y no lo dijo como un cumplido, como algo que se dice por decir. Era un halago sincero.

Por fin se despidieron, pensó él exhausto ahora sí exhausto y con la cabeza a mil y se tumbó en la cama ignorando el móvil que sonaba. Y pensó en lo hermoso que había sido el mundo, pensó en Teresa, pensó en dinero que no tenía y polvos que no había echado y pensó sobre todo en la única cosa que se tomaba en serio, pensó en escribir y allí en la cama como siempre ideó cuentos y frases sencillas, honestas y bellas que olvidaría al dormirse y pensó en las deudas que crecían y amistades que se apagaban y la puñalada bienintencionada escribesmuybien le recordó, como cada vez que alguien se la clavaba, su mierda de vida.

Y pensó que es muy jodido darse cuenta a los treinta y pocos de que la pelea está perdida, de que ya sólo queda aguantar la lluvia de golpes hasta caer en el penúltimo asalto.


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One Response to El halago

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