La realidad

La realidad irrumpió el otro día en mi sesión de entrenamiento. Se infiltró en el gimnasio salvando un muro de sudor, golpes sordos y el rítmico repiqueteo de la comba contra el suelo. La realidad se abrió paso disfrazada de hombre negro, tendría a lo mejor cincuenta años y prácticamente no hablaba castellano. Juan, el entrenador, me llamó. Interrumpí mi ejercicio y me acerqué a ellos. El hombre ése traía consigo una carta que era incapaz de leer, y había acudido al gimnasio buscando ayuda. El entrenador, al hacerse un lío con la jerga legal del papelajo, prefirió que yo la leyera.

Total, que recuperé el aliento y me tocó explicarle al pobre hombre que se trataba de una orden de desahucio. El tío apenas si chapurreaba español, pero dejó bien claro que no pensaba hacer nada, que iba a esperar en casa a ver qué pasaba. Juan y yo intentamos hacerle entrar en razón, aconsejarle que buscara ayuda, que buscase un abogado de oficio, que acudiera a una ONG o qué se yo, pero no hubo manera. El tío se largó muy digno, dispuesto a no hacer nada.

Pregunté a Juan de dónde había salido ese hombre

―Y yo que sé… ha pasado por esta calle alguna vez… no sé, supongo que como nos hemos saludado un par de veces pues por eso habrá venido a preguntar… Ahora que lo pienso, si yo lo hasta lo he visto pasar con un par de críos que deben ser sus hijos. Joder, y ahora me quedo yo comiéndome la cabeza por el pobre hombre este… ¿por qué coño habrá tenido que entrar aquí?

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