Deshonesta voluntad de vivir (2ª parte)

Te mira y el pánico te abraza con fuerza. No hay nada en su mirada, sus ojos están desprovistos como un espejo borroso. Si la dejas, aunque sea un segundo, cometerá una barbaridad. Te sientas junto a ella y no comprendes nada. La noche y el alcohol se han ido de tu cráneo, barridos de un plumazo. Os conocisteis, ella reía, bromeaba y tonteaba. No parecía… no parecía la clase de mujer que se suicida en el lavabo después de una noche de sexo y risas, no es un mal chiste y ojalá estuvieses de humor para apreciarlo. Ojalá ella estuviese de humor.

—Ya te vale… —musitas.

No vas a pasarte la vida montando guardia en la cama y la cosa no tiene aspecto de mejorar vas a tener que moverte con ella a cuestas. Lo has pronunciado en voz alta, pero prefieres no pensar en ello. La situación ya es de por sí bastante desquiciante. No hay otra. La coges por las axilas y sales al rellano de la escalera, pulsas el timbre del vecino de enfrente. Ni caso. El viejo viudo suele estar en casa a estas horas.  Insistes un par de veces más y al final pegas la oreja a la puerta, nada, si estuviese oirías la tele a todo volumen. La chica sigue sentada en el suelo, donde la dejaste, y parece tan tranquila como un tiburón trazando círculos. Los de al lado, pruebas a llamar pero no están, ésos no están nunca. Sólo queda el matrimonio del tercero. Si estuviesen sordos y mudos serían la discreción personificada, y ciegos, claro. Tribunales de la inquisición con piernas sólo saben meterse donde no les llaman porque nadie los llama para nada. Tendrás que llamar a su puerta en tejanos y zapatillas, el pelo oliendo a humo y bar y una suicida desnuda sentada en el rellano, precioso, les va a encantar

—¡Ey! ¿Dónde vas?

Echa a correr hacia tu casa y la sigues de un salto, da un portazo detrás suyo y metes la mano para que no cierre. Duele mucho. Entras un paso por detrás de ella. Enfila recto hacia la ventana que abriste y la coges del pelo. La frenas en seco. Te mira con los ojos anegados. Tu mano izquierda sigue sujetándola del pelo, la derecha no puedes cerrarla. La llevas de nuevo hacia la habitación. De camino pegas una patada a la puerta que se cierra con estruendo. Mejor. A ver si alguien viene a ver de una puta vez qué es tanto ruido.

—¡¿Pero qué te pasa?! ¡Hostias! ¡¿Qué cojones te pasa a ti?! Coge tu ropa, tu bolso dinero para un taxi y lárgate ¿entiendes? Mátate cuando hayas cruzado la puerta y déjame en paz.

De un empujón la devuelves a la cama y respiras hondo.

—Lo siento, ¿vale? De verás que siento haberte hablado así —mientras hablas buscas en tu armario—, no te asustes, ¿de acuerdo? No voy a hacerte daño, yo… necesitas ayuda y, no pasa nada. Nada.

Te giras y le muestras los dos cinturones. Su expresión no cambia.

—Voy a atarte a la cama para que no te hagas daño, ¿entiendes? para que no te hagas daño. Tú. Luego saldré un momento, buscaré ayuda y volveré en seguida ¿Lo entiendes? No. Pasa. Nada. No quiero que te hagas daño, de verdad que será un momento.

Como quién oye la hora en la radio, pues igual. Ni caso, casi mejor, porque estás seguro que esto de transmitir tranquilidad no se te ha dado muy bien. Al menos no forcejea ni se resiste, por suerte. Tu mano derecha está mal. La segunda falange del dedo anular está rota, seguro, y el dedo medio está peor. Pero no forcejea ni se resiste, por suerte. Así que lidias con el dolor y con la situación y al final tienes una desconocida desnuda atada a la cama, visto así no es mala manera de acabar el fin de semana.

Sales sin abotonarte la camisa, en zapatillas y con las llaves de casa en la mano. Llamas a los del tercero directamente con los nudillos. Nada. Y el móvil sigue sin cobertura ¿es que el mundo entero está de vacaciones? Casi corriendo subes al piso de arriba, a la pareja del séptimo segunda los conoces así que nada. Nada en todo el rellano. Nadie en casa. El piso de abajo igual. Cuatro y cuatro ocho y tres once. Has llamado a once puertas y nadie. No puedes reprimir las arcadas y vomitas en mitad de la escalera. No estás nervioso. Sientes pánico y desamparo. Sin saber muy bien qué hacer ni saber por qué vuelves a entrar en casa pensando estúpidamente que deberías limpiar el vómito que dejaste en la escalera. Te asomas a la ventana para sol y aire

continuará…

 

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2 Responses to Deshonesta voluntad de vivir (2ª parte)

  1. Jaume says:

    Aun estoy esperando las chicas en pelotas que prometiste en los comentarios de la entrega anterior 🙂

  2. blaitheone says:

    ” y al final tienes una desconocida desnuda atada a la cama”

    Penúltima línea del penúltimo párrafo. Hay que leer con más atención… 😀

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