La vía muerta

 Aguarde señora, no se asuste. Míreme a los ojos, ¿lo ve? Sería incapaz de hacerle daño. Usted no recuerda haberme visto nunca, seguro, pero debe saber que formo parte de su vida. Desde hace años soy piedra angular de su felicidad.

 ¿Se siente aturdida, mareada? No se preocupe, es el narcótico, dentro de un rato la desataré, pero por ahora es mejor así, podría usted caerse. Por los mareos, quiero decir.

Como no soy hombre que se ande con rodeos le contaré porqué la he traído hasta aquí, verá que en el fondo se trata de una cosa muy sencilla.

Me enamoré de usted cuando iba al instituto. Desde el primer momento en que la vi supe que estaríamos siempre juntos, y supe también que mi vida no tendría sentido si no me dedicaba por entero a hacerla feliz. ¿Qué podía importarme que usted ni siquiera hubiese reparado en mi presencia? Al fin y al cabo, estaba enamorado.

Me contenté con observar desde la distancia, saboreando la felicidad de saberla mía, exclusivamente mía, puesto que gracias al abismo que nos separaba la posesión que yo ejercía sobre usted era absoluta, tan absoluta era que para usted resultaba imposible liberarse de ella. ¿Cómo iba usted a plantearse siquiera deshacerse de mi dominio cuándo no era ni consciente de que dicho dominio existía?

Dueño y señor, tan sólo me faltaba encaminar sus pasos a su felicidad, y pronto el destino me brindó una oportunidad. ¿Se acuerda usted de ese chico del que se enamoró perdidamente y que ni la miraba cómo no me miraba usted a mí? Pues verá, resulta que ese muchacho estaba saliendo con otra chica, en cuanto me enteré agradecí a los cielos la oportunidad que me brindaban de luchar por su felicidad. No dudé, la seduje. Ese muchacho empezó entonces a salir con usted y, para qué le voy a contar, acabaron felizmente casados hasta el día de hoy. Por mi parte, acepté mi destino y contraje a mi vez matrimonio con la otra.

Pero hay más.

El destino se me había revelado, sabía ya cuál era mi cometido y cómo cumplirlo. Yo me erigiría en salvaguarda de su bienestar, yo sería el garante de su felicidad, yo sería el pilar fundamental de su estabilidad. Disculpe que me haya dejado llevar por cierto sentimiento poético, prosigo. Y así, transformado en ángel guardián me matriculé en la misma universidad que su marido (por aquel entonces su novio) y me las ingenié para ir justo un paso por delante de él en la promoción. De esta manera, él podía acceder a las becas a las que yo renunciaba. Lo mismo sucedió más tarde, él podía acceder a los trabajos que yo dejaba pasar. Incluso en alguna ocasión coincidimos en la misma empresa, entonces era él quién obtenía los ascensos más importantes, puesto que yo le dejaba el camino libre, dedicándome siempre a ir por delante y a apartarme hacia puestos peores en el momento oportuno.

Pero hay más.

Deje que la desate.

Cuando cierta compañera de trabajo de piernas afiladas comenzó a insinuarse a su marido, yo me anticipé. Sucumbí a las fuerzas de la carne y los pechos de esa zorra torpedearon mi familia, me arrancaron en vivo a la esposa que nunca amé y a los hijos que nunca comprendí, y no por ello fue el proceso menos doloroso.

Hay más.

Pero no es preciso ya seguir enumerando hechos. Es ya el momento de compartir con usted lo que por fin descubrí. Su marido soy yo. Yo soy el hombre que despierta cada día junto a usted, yo soy el hombre que besa a sus hijos al volver del trabajo, yo soy el hombre con el que comparte su vida. Y este cuerpo que está ante usted, que habla y respira, no es nada por sí mismo. Este cuerpo no es más que un almacén de descartes, un saco con fragmentos de ensayos de vida, un cuenco en el que se agolpan las opciones felizmente desestimadas. Este cuerpo, en suma, no es más que una simple molestia en el orden de las cosas, un capricho del destino al que esta bala, ahora mismo, pone fin.

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6 Responses to La vía muerta

  1. Jaume says:

    Wow, intensa historia. Me ha resultado muy impactante…

    Pero me estoy desviando de mi cometido original al entrar en este blog. Le ruego que perdone la intromisión, pero por algún casual esta usted relacionado con otro escritor de mucho talento llamado “Kleinsberg”.

    Si es así le rogaría que se pusiera en contacto conmigo ya que tengo una deuda que me gustaría saldar.

    Sino simplemente le agradezco esta pequeña historia que ha conseguido erizarme los pelos.

  2. blaitheone says:

    Jaume, cualquier intromisión es bienvenida si viene acompañada de comentarios como los tuyos.

    En efecto, Kleinsberg es el alter-ego que adopté en cierta ocasión para superar una sequía creativa bastante importante. El producto fueron algunos relatos marveltópicos farragosos y densos, pero que supusieron para mí un reencuentro con el lenguaje…

    P.D: Como este es mi blog, opto por tutearte, tú haz lo que quieras… ¿Xumer?

  3. Jaume says:

    Efectivamente ese soy, ¿quien sino sería capaz de rastrearte hasta este recondito lugar? De todas formas no estaba seguro del todo que fueras tu, hace unos 5 años desde la última vez que supe algo de tí.

    Me alegra ver que sigues escribiendo. Aun recuerdo con cariño los ladrillos que nos escribiamos por correo sobre NEO AVALON o NEAL CONAN 🙂

    ¿Sigues utilizando la direccion de correo antigua de Kleinsberg? Ahora que vivo en Barcelona me encantaría quedar e invitarte a una birra como compensación por haberte dado tanto la brasa por correo electronico.

  4. blaitheone says:

    Te contesto por mail privado, un abrazo.

  5. euchan says:

    muy bueno el relato, me encanta la forma de narrar. Se siente muy vivido, puedes sentir el trastorno del personaje.

  6. Pingback: …al otro lado de la línea « Con pretensiones

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