X. D.

Esta semana pensé un par de veces en X. D., hará unos diez años que no nos veíamos, me pregunté qué habría sido de él y luego volví a olvidarlo, hasta ayer noche. Nos encontramos en un bar, estas casualidades ya no sorprenden a nadie y nos bebimos juntos un chupito (el penúltimo, siempre el penúltimo). Pasó a mi lado, le hablé y me reconoció por la voz.

Noche extraña la de ayer, noche máquina del tiempo: después de cenar, antes de salir a tomar unas cervezas, antes del reencuentro, Adrià, Alfredo y yo sufrimos un ataque de nostalgia dulce, si hubiésemos sido argentinos lejos de casa nos habría dado por entonar algún tango, pero como éramos maresmencs en El Masnou, optamos por echar unas partidas a juegos de ordenador de los ochenta. Así arrancó la noche: de la infancia a la adolescencia y acabamos como siempre diciendo tonterías a las chicas bonitas.

Noche de coincidencias absurdas graciosas a la luz del alcohol. Noche de coincidencias absurdas y situaciones eco de situaciones eco, vivencias del hámster en la rueda. Y no deja de sorprenderme lo fácil que es pasarlo bien, y me pregunto cómo he podido acabar rodeado de tantas personas fantásticas… si llegara a pensar por un momento que algo del mérito es mío me convertiría en un ególatra (aún más) insufrible.

 Desperté con dolor de cabeza y el subtítulo a mi libro de poemas: escolio al principio de inercia. Quise escribir un rato luego, pero terminé por descargarme el Knightmare de Konami, un juego del 86.

Puta máquina del tiempo.

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