La epidemia

Hubo una tremenda epidemia de llanto y los psicólogos y sacerdotes desesperaron al ver en peligro su fuente de ingresos. Los síntomas eran siempre los mismos: moqueos, hombros agarrotados, incontinencia lacrimal, descenso de la libido… Y pronto todos descubrieron que el llanto, aunque alivia, acarrea un sinfín de problemas: la productividad en las empresas cayó en picado, hubo un buen número de accidentes: pilotos de avión estallando en súbitos ataques de llanto en plena maniobra de aterrizaje, cirujanos cuyo pulso empezaba a temblar: bisturí en mano y corazón abierto, bioquímicos suicidas incapaces de crear un rímel a prueba de lágrimas o un carmín a prueba de mocos. Y lo que es más grave, descubrieron que el llanto, si bien alivia y desahoga, no soluciona problemas, ni ayuda a adelgazar, ni paga facturas. Los payasos, humoristas y personajes de la comedia en general sufrieron la piedad de la gente ¿Habéis visto alguna vez un clown con el maquillaje arrasado por las lágrimas? ¿Algún monologuista derrumbarse ante el micrófono? Por su propio bien hubo que recluirlos. Y como nadie podía soportar la vergüenza de ver la propia pena reflejada en la difusa mirada del otro, los fabricantes de máscaras se forraron. Máscaras de tragedia griega, máscaras grotescas de Halloween o de teatro kabuki. Las calles se llenaron de spidermans de hombros hundidos, Marilyn Monroe y dioses egipcios. Aquellos capaces de salir a la calle con la cabeza erguida exhibiendo sin miedo la propia desolación fueron tomados por parias, héroes o locos, y se les trató como tales. Los científicos, sociólogos y filósofos se abalanzaron sobre el fenómeno con bulímica voracidad, pero quienes más disfrutaron fueron los poetas, los predicadores del apocalipsis, y los políticos de la oposición en general. Y el mundo se hundía despacio en un mar de lágrimas (literalmente hablando). Un día, en un muro, apareció una pintada, un grafiti más, casi sin importancia, decía así: “La felicidad es como una borracha en una fiesta, se la llevará el primero que la encuentre” Tal vez fue por el mal gusto de la comparación, tal vez fue porque el mensaje fue leído por la persona adecuada en el momento indicado. Lo cierto es que las fuerzas renacieron bajo las máscaras y entre suspiros comenzó a escala planetaria una búsqueda frenética y desesperada ¿quién sería el primero en encontrarla? Y la buscaron, la buscaron con cada nuevo sol y la buscaron entre viejos amigos, la buscaron bajo la cama y la buscaron en sucursales bancarias. Y quién la encontró no fue nadie especial, y para sorpresa de todos, en lugar de ocultar su descubrimiento, lo hizo público sin ningún egoísmo. Y así fue como una solemne multitud hermanada, compartiendo techo, silencio y cuchillos, dieron muerte a la persona cuya pintada se había atrevido a darles esperanzas.

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