La más extraña roca (2ª parte)

Raquel perduró tras la resaca y empezaron a vivir juntos. Era una niña de papá, estudiante de medicina, nunca tenía dinero, nunca pedía a sus padres, era carne de psiquiatra. No tardó en sentir asco hacia ella, asco y hastío.

—Mírate —masculló una noche—, ya no queda nada del hombre que conocí, lo has aniquilado, ni artista, ni inquietudes… Ni siquiera eres joven para volver a empezar. Si te vieses con mis ojos

 —Nuestro orgullo se resquebraja cuando empezamos a preguntarnos qué piensan de nosotros los demás. — Interrumpió él.

—Te tomas tan en serio a ti mismo que ni siquiera das pena, ni asco, sólo risa. Tan sólo provocas ris

La golpeó con el dorso de su tosca mano de albañil, estrellándola contra el suelo y nunca se quitaría ese ruido de la cabeza.

—¡Marica de mierda! —gritó ella escupiendo sangre. Luego fue a lavarse la cara y se sentó en el sofá, mirando fijamente la televisión, sin dirigirle la palabra, y él supo que nunca tendría valor para abandonarla. Fue entonces cuando empezó a despreciarse a sí mismo. Desesperar es fácil cuando no se tiene nada, no tiene mérito alguno. Y eso él lo sabía bien. Basta con poseer algo, lo que sea, para que el desespero se convierta en una gesta titánica. Al menos en esto el destino le había puesto las cosas fáciles.

No era infeliz. Eso debe quedar bien claro. Su decisión de quitarse la vida nada tenía que ver con la felicidad, ni con la falta de esperanzas. Podría haber vivido toda una larga vida en ese equilibrio precario y a la vez inconmovible. No sabía si esculpía o buscaba. Un día más huyó del hospital y su hálito de resistencia, no lograba entender esa tenaz perseverancia digna de un gusano pisoteado cuyo cuerpo niega la evidencia de la muerte. No sabía por dónde empezar. Era así de simple. Decidió como siempre vivir un día más decidió como siempre buscar a alguien en quién confiar y como siempre no sabía por dónde empezar.

Estaba harto de fallarse a sí mismo. Hastiado. Asqueado. La decepción constante inevitable diaria, tan obvia que podía pasarse días sin mirarse al espejo. La decepción de saber que ni siquiera había fracasado, que ni siquiera había intentado estar a la altura de sí mismo. Cuando Raquel lo dejó no cambiaron demasiadas cosas, salvo que se encontró con más tiempo que desperdiciar.

—Ni siquiera me has permitido herirte —fue su despedida—, eres tan orgulloso que sólo te culpas a ti mismo de todo lo malo que te ocurre.

Y tenía razón. Aquel día, pese a todo, Raquel lloró lágrimas sinceras.

“Si al menos aceptaras que alguien puede dañarte sin tu consentimiento… aceptando que eso no es rebajarse…” pero estas palabras Raquel no llegó a pronunciarlas, estaba demasiado cansada de luchar, tratar de hacerle ver. Raquel era de ese tipo de personas extraordinariamente dotadas para el sufrimiento. Se había esforzado y lo había amado, tal vez no supo amarlo del modo adecuado, tal vez debió amarlo un poco menos pero de otra manera, ella no alcanzó nunca a entenderlo, tal vez si hubiese amado como… tal vez sólo exista una clase de amor. Lo pasó mal durante un tiempo, pero era fuerte, superó sus problemas emocionales, y al final él se convirtió en un recuerdo doloroso y bello.

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