La más extraña roca (1º parte)

Decidió vivir un día más y buscar alguien en quien confiar. Nunca había encontrado a alguien en quien confiar. Había amado y sido amado, había dado y recibido respeto, admiración, cariño. Nunca nadie en quien confiar. No era estúpido y se percataba de su autoengaño. Llevaba ya un tiempo jugando ese juego sin reglas. Dedicar el día entero a buscar alguien en quien confiar. Luego se mataría. Sabía que estaba cerca, pronto se cansaría de buscar, se aburriría y ya está.

Siempre había sabido que el mundo le debía algo, y tenía ya claro que no iba a recibirlo, su psicólogo le dijo en su momento que ésa precisamente era la raíz del asunto, tenía un concepto demasiado elevado de sí mismo y en consecuencia lo esperaba todo del mundo, sin esfuerzo ni pasión, sólo un justo tributo cósmico por ser como era. Y aunque ése era el meollo y se lo escupió a la cara con orgullo no tuvo la decencia de alentarlo a seguir solo. No tuvo el coraje de decirle: “ya está, ya lo sabes, afróntalo, arregla eso y estarás curado. Puedes hacerlo solo.” Siguió aceptando su tiempo y su dinero como si tal cosa. Lacra sebosa pagada de sí misma. Luego para justificarse habló de su búsqueda, dijo que lo que buscaba en realidad no era alguien en quien confiar, sino alguien que él pudiese considerar a su altura. El problema seguía siendo el mismo. No tenía ni idea. Ni idea. No tiene nada que ver con el orgullo. No es el orgullo ni la distancia, no es la falta de sentido que lo impregna todo como el hedor de las patatas podridas, es tan simple como

—El mundo está en deuda conmigo.

Dijo en voz alta mientras preparaba café. La visita diaria a su padre que llevaba  cinco meses agonizando en un hospital. Su padre volvió a preguntarle si estaba esperando a que él muriera para quitarse la vida. Moriría dentro de muy poco, moriría mediocre y endeudado, y vio en sus ojos que el viejo pensaba lo mismo de su hijo. Era poco más que un puñado de vísceras enfermas, autocompasión y aliento maloliente. Los tubos parecían disfrutar alargando su agonía gota a gota.

“No creo que vaya a sobrevivirte, papá” pensó, pero no dijo nada, siempre había estado más allá de la crueldad innecesaria.

Salir del hospital resultaba siempre agradable. Era un escultor mediocre que se había ganado la vida como albañil durante muchos años. La roca más extraña fue una de las primeras obras que vendió. Vendía lo suficiente como para no poder vivir de la escultura y tener que invertir en ella montones de horas al día. Y así el arte lo había sumido en el agotamiento, la monotonía y el tedio. En cuanto encontró a alguien dispuesto a cederle gratis un cochambroso local trasladó sus cosas y dejó su empleo. Durante el día veía la televisión, dormitaba, hojeaba libros sin leerlos, por la noche, cansado por la inactividad, plácido y borracho, trabajaba. Trabajaba, de su mente a la profundidad hermética de la materia. Trabajaba sin pasión ni anhelo, cada día un poco más pobre y más sabio, sabiendo que sería un gigante el día que tuviese algo que decir.

Su psiquiatra le recetó pastillas mentirosas. Le habló de neurotransmisores, le habló de sustancias en su cerebro cuyo nombre había olvidado, sustancias que su organismo no podía regular como la mayoría de la gente. Lo trató de tarado y le recetó las pastillas. Mentían. Cuando empezó el tratamiento las cosas se aceleraron, se hundía a una velocidad hermosa, inconstante e intensa como el sexo. Luego todo se fue a la mierda, su cuerpo se estabilizó y empezó a creer que la deuda nunca había existido. Las tiró a la basura. Prefería emborracharse, cuando se emborrachaba sabía que algún día el mundo saldaría su deuda con él. Como mentira es muchísimo mejor que la otra y no mucho más cara. Y lo bueno es que nunca sobrevive a la resaca. Raquel sí. Raquel perduró tras la resaca y empezaron a vivir juntos.

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