Un cuento de navidad

Demasiado tiempo ya sin actualizar el blog, así que reemprendo la marcha con un

Cuento de navidad

Envidiaba a los locos, los muertos, los enfermos. Quería agonizar. Por aquel entonces yo estaba mal, estaba tan jodido que lo único que deseaba era padecer alguna enfermedad definitiva. Verme postrado en un hospital, rehén de un cáncer o sida en fase terminal, preocuparme sólo por sobrevivir un día más, me parecía el único modo soportable de existencia.

Transitaba como un zombi por los pasillos del trabajo y entraba a gritos en las aulas, varios padres se quejaron de mí a la directora. Entraba a gritos en casa, mi esposa y mis hijos no tenían a quién quejarse. Me acostaba, cerraba los ojos y los demonios se me echaban al cuello, me levantaba en plena noche con ataques de tos nerviosa. Dormitaba ante la tele hasta las tantas me despertaba de madrugada exhausto, escribía como un animal devorando tabletas enteras de chocolate una tras otra. Eliminaba los documentos del disco duro y salía hacia la escuela sin duchar y con cinco cafés entre pecho y espalda. Me mordía los nudillos y desaprendí a pensar. Echaba de menos a Iván, el amigo muerto que se lanzó a los pies del tren, se atiborró de somníferos o lo que sea. El amigo muerto que había cruzado un montón de cuentos y poemas bajo otros nombres o figuras. Tejí en torno a mí un laberinto de miradas de acero y densos silencios.

Se me daba bien mandarlo todo a la mierda.

Sara era el último puente tendido, aunque no sabíamos muy bien porqué. Ella hablaba.

—… Nuria será tu mujer —decía—, y tal vez la quieras todavía, no lo sé, pero ya no la respetas, no respetas a nadie.

Aquello dolía, aunque si alguien podía hablarme así, era Sara, nos conocía y quería a ambos. Fui a por un par de cervezas (teníamos confianza, me movía por su casa como en la mía) y jugué el juego de siempre: montar el numerito de estar de vuelta de todo me da igual, no tenéis ni idea de lo que hay en mi cabeza ni puta falta que hace.

La mirada de Sara era una mezcla de burla y lástima.

—… no tenemos ya quince años, ni veinte… tus poses ya no impresionan —creí estar preparado para el golpe de gracia, pero no—, eres incapaz de respetar a nadie porque no te respetas.

Iba a pedirme algo que era incapaz de hacer, iba a pedirme que diera un paso en cualquier dirección, que pensara al menos en mis hijos, iba a pedirme que empezara a salir del hoyo en el que me había metido y no consentiría  que me excusara en nada. Apeló a virtudes en mí que yo sabía extintas. Habló a mi silencio y a mis lágrimas, me acarició la encendida mejilla y descubrí que todavía tenía cariño que ofrecer. Hicimos el amor.

En el umbral de la puerta de incómoda despedida, no sabía qué pensar ni qué sentir.

—Nuria no debe saberlo, ¿vale? No sé si hemos hecho bien o mal, pero ella no debe saberlo. Nunca.

—Vale. —respondí con un suspiró. Me tranquilizó comprobar que también ella era como todo el mundo.

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One Response to Un cuento de navidad

  1. OLGA says:

    Perduuuuuuuuuuuuuuuut!!!
    Estava preocupada per tu, però al tornar-te a llegir veig que TOT VA BÉÉÉÉ!
    QUE NO ENS FALTI MAI L’ALEGRIA I LA IL.LUSIÓ… BONES FESTES GUAPO!!!!

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