El intruso

 

Se dio cuenta cuando era demasiado tarde.

Con prisas, como siempre, había pasado a recoger a Óscar, su hijo, y con prisas, como siempre, había iniciado la travesía en coche a través de la ciudad. Eso tenía que haber sido: las prisas.

La conversación en el coche había transcurrido como siempre: él pendiente del tráfico lanzando las pregunta habituales: “¿Qué tal la escuela? ¿Muchos deberes?” Seguidas de las respuestas esperadas. Y entonces ocurrió: estaban parados en un semáforo y él hablaba con la vista fija al frente:

-Bueno, cuando hayas terminado inglés

-Solfeo -interrumpió Óscar-, hoy toca solfeo.

-No no, inglés, hoy toca inglés.

De hecho, no recordaba que su hijo hiciese solfeo.

-Inglés toca los miércoles, jueves y viernes después de judo, hoy toca solfeo.

Él se giró para responderle, estaba completamente seguro de que no había hecho nunca solfeo, y entonces se dio cuenta: Óscar no era Óscar. Es decir: posiblemente, en algún lugar del planeta, Óscar seguía siendo Óscar, pero el chico que estaba sentado junto a él, ahora ensimismado, no era su hijo Óscar.

El semáforo se puso verde, y él, como un autómata, arrancó. El chico se parecía a Óscar, estaba claro, y al pensar esto le echó un vistazo con el rabillo del ojo, lamentablemente se le fue un poco el coche, lo que obligó a una monja septuagenaria a realizar un salto de inusitada agilidad.

-¡Papá! -gritó el chico- ¿Qué haces? A la derecha, ahora a la derecha.

Todavía no repuesto del susto combinado de la confusión y del intento de atropello monjil, dio un volantazo y un taxista le mentó la madre, él no se inmutó. Luego clavó los frenos ante un semáforo que se puso en rojo sin avisar y pudo así disfrutar de una breve tregua con la que retomó el hilo de sus pensamientos: el chico se parecía a Óscar, y él debía de parecerse al padre del niño, pues éste tampoco se había percatado de la situación. Supuso que su hijo debía hallarse con el padre del chico. “Al fin y al cabo, con las prisas, el estrés, y el ritmo de vida tan acelerado que todos llevamos, es normal que dos padres ajetreados hayan confundido a sus hijos a la salida de la escuela”, pensó. Decidió llevarlo a solfeo (siguiendo sus indicaciones) y luego, una vez en casa, con la ayuda de su esposa, le contarían lo que había pasado, se pondrían en contacto con sus padres y todo quedaría solucionado.

Aludiendo cierto cansancio pidió al chico que le fuese guiando, a lo que accedió sin sospechar nada. Definitivamente, no podía ser Óscar, su hijo no podía tener tan pocas luces.

Mientras hacía unos encargos por la ciudad esperando que fuese la hora de recoger al falso hijo cayó en un detalle que no había tenido en cuenta: ¿cuál sería la reacción de su mujer cuando le contase que había confundido a Óscar con otro chaval? La vuelta a casa la pasó sumido en tenebrosos pensamientos.

Para su sorpresa, su esposa no se dio cuenta del cambio. Mejor, pensó, si podían pasar la cena sin que ella le preguntase cómo había ido hoy inglés, todo iría bien, al día siguiente lo dejaría en la escuela a primera hora y por la tarde recogería a Óscar. Todo arreglado.

Tardó menos en darse cuenta, pero aun así no había vuelta atrás. Todo había ido bien hasta que, giradas dos esquinas, el chico preguntó: “¿se encuentra mejor la abuelita?” Óscar no tenía abuelos, nunca los había llegado a conocer. Más fastidiado que asustado se volvió hacia él mascullando “mejor, se encuentra mejor” y lo miró con atención, incapaz de determinar si se parecía más a su hijo o al chico de ayer.

-¿Iremos a verla?

Endulzó la voz para responder:

-Mañana, hoy ha de descansar.

Al menos no tendría que dar vueltas por la ciudad buscando un local de solfeo. En cuanto llegó a casa se fue directo a la cama, se tomó un puñado de aspirinas y se echó a dormir, “a la mierda”, pensó, “que sea lo que Dios quiera”. Pero su mujer debía de estar perdiendo facultades, pues tampoco se dio cuenta de nada esta segunda vez. La mañana siguiente lo retornó sin problemas. Y por la tarde se plantó frente a la escuela decidido a no cometer más errores. En cuanto lo vio lo tuvo claro, ése era, lo montó en el coche y arrancó.

-¿Vamos hoy a ver a la abuelita?

¿Cómo era posible? ¿Cómo había podido coger de nuevo al mismo crío?

-No -respondió-, no vamos a verla.

-¿Por qué?

-Porque está muerta.

Dejó al crío llorando en casa y se fue a emborracharse por ahí. Cuando regresó era tarde, y estaban ya todos dormidos. A la cuarta va a la vencida, y lo cierto es que tuvo suerte. Era simpático, inteligente, hablaba breve y conciso. No era Óscar, desde luego, pero salía ganando con el cambio. Decidió quedárselo, era una maravilla. Le regaló una mochila de colores chillones para no confundirlo. Los días pasaban y él estaba cada vez más convencido de que había sido un golpe de suerte, el hijo nuevo venía realmente muy bien educado, y todo apuntaba a que sacaría unas notas excelentes. Pero su pseudo madre comenzó a lanzarle de modo furtivo miradas suspicaces, inquisitivas, y ante el riesgo de que descubriese lo que pasaba decidió, muy a su pesar, devolverlo y hacerse (esta vez sí) con Óscar.

Fue entonces, a la salida de la escuela, cuando se dio cuenta de que era incapaz de recordar la cara de su hijo, angustiado comenzó a mirar fijamente a los chicos que salían en grupitos. ¿Era ése? ¿O se trataba del chico de la abuelita? ¿Aquél? No, de su carpeta asomaban apuntes de solfeo. Siguió buscando entre los niños, examinándolos de cerca hasta que descubrió que un guardia municipal y algunas madres le observaban con extrañeza y mucha hostilidad. Asustado cogió uno al azar y se largó de allí.

Era una calamidad, maleducado, quejica, llorón y caprichoso, en veinte minutos le había provocado un terrible dolor de cabeza y dos sarpullidos. Ni siquiera pudo resistir hasta casa, paró frente a un parque, y en cuanto vio a una madre despistada hizo el cambiazo.

Aquello no podía seguir así.

Al día siguiente no fue a trabajar. Por la mañana, dejó al chico del parque en un descampado con expresión desconcertada y se fue a pasear por la ciudad, disfrutando del bonito día.

La solución le vino de repente.

Al caer la tarde se dirigió a la escuela, eligió despreocupado a uno cualquiera y se lo llevó, él habría preferido que fuese el antipático del día anterior, pero no hubo suerte, de hecho, le recordaba vivamente a Óscar. Condujo con calma hasta un callejón, el chico hablaba de trivialidades a las que él asentía con aire ausente, detuvo el coche frente a un almacén abandonado y allí, sin mucho esfuerzo, lo estranguló. Luego se dirigió a la comisaría más cercana y se declaró culpable del asesinato de su hijo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: