Damita

Damita

Cuando creció, lo primero que hizo fue cruzar sin mirar, y la vida lo arrolló. Podría decirse que su existencia era un estado permanente de coma. Caminaba por las calles como quién pelea por una causa perdida. Supongo que la palabra exacta sería “fracasado”, pero ya que me dejó escribir un relato sobre él, creo que merecía un principio algo poético. Aunque no había nada poético en él. Lo conocí en un bar, cómo no, estaba sin trabajo y en casa no lo soportaban ni sus hijos, aunque eso lo supe luego. Por aquel entonces  yo era un chaval de primero de carrera, y estaba seguro de que el mundo me esperaría siempre, pero me encontraba algo desanimado, no recuerdo muy bien porqué. Pedí una cerveza y dijo:

—Un mal día, ¿eh?

—Ya sabe… uno se acostumbra.

—Mal hecho, chaval, nunca te acostumbres a las cosas malas.

Creo que fue la única cosa interesante que me diría en los siete años siguientes. Era toda la sabiduría que había acumulado a lo largo de su existencia, y era su maldición, claro, su vida era un desastre, y le hubiera ido mucho mejor de haberse acostumbrado. Charlamos un rato, me aconsejó que no dejara la universidad, me habló de su familia y sus trabajos, yo me sentía cada vez más incómodo, y al final me fui farfullando alguna excusa, lo dejé con la palabra en la boca y fingí olvidar sobre la mesa algo de dinero, suficiente para alguna cerveza más. No pude hacerlo peor, supongo, y aparté la mirada en cuanto vi la humillación en su rostro.

Volvimos a encontrarnos unos días más tarde, en otro local. Era viernes por la noche, un típico bar para estudiantes jóvenes. Yo había ido con una chica, no llevábamos mucho tiempo juntos, pero lo tomábamos en serio, para ambos era nuestra primera relación desde que empezamos la universidad y lo nuestro tenía una cierta aureola de independencia o madurez o qué se yo. El pobre cincuentón estaba ridículo intentando ligar con las chicas jóvenes y riendo estúpidamente cuando algún chaval se burlaba de él. Hacía cualquier payasada con tal de que le invitaran a un trago y las sonrisas de las muchachas le sabían a gloria. Vino directo hacia mí, se me abrazó al borde de la caída como hacen los borrachos y me puso un billete de cinco euros en la mano, “el otro día olvidaste esto chaval, mientras seas estudiante estate al loro con el dinero, ¿quieres?”

Nos seguimos viendo esporádicamente mientras estudiaba, ¿Qué otra cosa podía hacer? Nunca quedábamos, sencillamente coincidíamos, puede que tres veces en un mes, puede que semanas sin vernos, daba igual. Hablábamos de fútbol, dinero, de lo jodido que está todo, y yo siempre pagaba.

Terminé la carrera, encontré algunos trabajos, no conseguí emanciparme. Y cómo un año después volví a tropezarme con él, me dejó invitarle a algunas cervezas, se preocupó porque no tuviese novia.

—Ha sido una suerte encontrarte por aquí, y eso que hoy no iba ni a salir, pero al final fui a comprar algo y… —tenía una bolsa de plástico en la mano.

—Sí, bueno, son ya más de las once y yo tendría que irme

—Acompáñame a casa.

—¿Qué?

—Que me acompañes. Quiero que veas dónde vivo, nada más.

—Pero tu familia…

—Tranquilo chaval, mi mujer está cuidando de su madre, son cuatro hermanas y se turnan durante la semana, mi hijo duerme hoy en casa de un amigo, y la mayor hace tiempo que hace su vida… no molestarás a nadie… mira, nunca te he pedido nada, y desde que me conoces soy un viejo y un borracho, y los viejos borrachos siempre andan pidiendo cosas, sobre todo a los buenos chicos que les pagan la bebida por lástima. Yo no. Y hoy te pido que me acompañes a casa…

¿Qué podía decir? El ascensor estaba estropeado (disculpen las molestias) y subir andando hasta el tercero fue un suplicio para el pobre hombre. Estaba muy borracho. En la entrada un perro se lanzó sobre él.

—¡Ey! ¡Damita! ¡Damita guapa!

Era una perra de anuncio, preciosa, cariñosa, de pelaje lustroso y mirada expresiva.

—Esta es Damita, nuestra perra.

—Nunca me dijiste que tuvieses perra.

—Tampoco te he dicho que tengo hermano, y lo tengo. Te juro por Dios que quiero a este animal casi como a un hijo, y nunca en la vida he visto criatura más cariñosa que ella.

Jamás le había visto derramar una sola lágrima, y no se preocupó de ella, la dejó resbalar hasta la barbilla.

—Tranquilo hombre… ¿le pasa algo?

—¿A Damita? Qué va. Está más sana que tú. No, no pasa nada.

Secó la lágrima con el dorso de la mano, dejó la bolsa de la compra sobre la mesa y sacó de ella una botella de whisky razonablemente bueno.

—Bebamos.

Sacó un par de copas de cristal “del bueno, un regalo de boda, tú no habías ni nacido”, eran copas para vino, bebió su escocés de un tragó y empezó a hablar sin mirarme, parloteando envolvió su copa en un trapo, miró a su alrededor hasta encontrar un libro grueso, de tapa dura, uno de esos best sellers que se ponen de moda y todo el mundo compra. Machacó la copa hasta convertirla en polvo. Me sirvió otro trago, bebió directamente de la botella y sacó de la bolsa de compra un paquete de carne picada de primera calidad, la mezcló con el cristal pulverizado.

—¡Por Dios! ¿Qué estás haciendo?

Me miró y dejó la carne en el suelo “¡Ey! ¡Damita! ¡Damita guapa!” la perra se acercó meneando la cola, lamió las manos de su amo y empezó a comer. Ninguno dijimos nada.

Luego Damita empezó a quejarse. Aullaba muy muy bajito, como si no quisiera molestar, gemía y caminaba inquieta por la casa, se detuvo y nos miró, orinó algo como sangre y entonces sí aulló con fuerza y dolor. Empezó a separar las patas de un modo extraño y menear la cabeza como si buscara algo dentro de sí misma. No dejaba de moverse… cada vez más despacio, sin mirarnos pero sin salir de la habitación. La saliva caía como de un grifo abierto. Volvió a orinar oscuro, pero ya sólo gemía. De su interior parecían llegar sonidos extraños, como de gases y papeles arrugados.

Tardó un ruidoso rato en morir. Nosotros escuchábamos.

—Enterrémosla. —dijo.

La cogió en brazos y la acarició antes de meterla en una bolsa de basura.

—Hazme un favor, ¿quieres? Apaga la luz de la cocina.

Salimos a la calle, anduvimos y él miraba a su alrededor como desorientado. Al fin vio un contenedor de basura y arrojó la bolsa en él. Y entonces se echó a llorar, se sentó en el suelo cubierto de desperdicios con la espalda temblorosa y la cabeza hundida entre sus puños apretados, creo que hasta se golpeó las sienes y todo lo que decía era “joderjoderjoderjod”. Cuando me acerqué a él, me apartó de un manotazo torpe como una súplica. Sin saber muy bien qué hacer encendí un cigarrillo que aceptó entre sus dedos sin levantar la vista, y me fui.

Casi un año después volvimos a coincidir en un bar, las cosas me iban muy bien. Me senté junto a él y le dije que me había dado por escribir, y que me gustaría escribir sobre él. No le invité a nada.

—Haz lo que quieras. —Fue su respuesta.

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2 Responses to Damita

  1. Mariana says:

    Blai, sorprendente…
    lo siento no sé qué decir…me he quedado muy parada con éste relato…
    pero cómo buena mujer que soy, siempre tengo algo que decir ;o ) no?
    Así que de nuevo, y sin importarme cuántas veces me repita…te felicito, me encanta, consigues meterme dentro de las imágenes que se proyectan en mi mente al leerte..bravo Sr. ! Un abrazo…de esos largos-largos…..
    Cuídate !

  2. blaitheone says:

    Va a ser que me pillas en un día tonto, pero me comprometo desde ya a escribir un cuento con final feliz dedicado a mi comentarista más fiel.

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