Puertas

…tan liado que hasta el aire ha de concertar cita para entrar en mis pulmones, así que sigo tirando de disco duro…

Puertas

No pudo abrir la puerta. Sencillamente, no pudo.

Fue incapaz de abrir la puerta aquella mañana. Y la siguiente, y la siguiente. Los médicos diagnosticaron agorafobia cuando comprobaron que el problema no estaba en la cerradura. En casa se aburría muchísimo, y engordó. Una noche su esposa salió a cenar con sus amigas. Y regresó aterrada en plena madrugada cuando descubrió en el fondo de su bolso quince llamadas perdidas de su esposo al móvil. Quince.

Mientras su mujer estaba fuera, él empeoró: tampoco pudo abrir las puertas del interior de su propia casa, se sintió aterrado al principio, luego furioso sin saber con quién. Al final unas terribles ganas de orinar alejaron el resto de sus problemas. No podía entrar en el lavabo. Desesperó intentando abrir la puerta del baño, desesperó llamando a su  esposa. Cuando por fin se le ocurrió salir por la ventana del comedor para entrar por la ventana del lavabo, estaba ya en la fase de los saltitos con las piernas muy muy juntas y los resultado fueron deplorables, el ventanuco del lavabo era harto estrecho (por fortuna estaba entreabierto) y sucedió lo obvio: quedó atascado justo a la altura de su nueva panza, y el único modo de salir de ese atolladero consistió en relajar la vejiga y librarse así del volumen extra que suponían los líquidos allí acumulados. Para aquel entonces ya estaban cómodamente instalados en el jardín de su casa algunos vecinos aburridos, un grupito de curiosos que pasaban por allí y una pareja de policías que escuchaban, entre aturdidos e incrédulos, las incoherentes explicaciones  que ofrecía su mujer. Minutos después era posible encontrar imágenes de todo aquello en la red si tecleabas: “gordo atrapado se mea encima”.

Aun así, al principio supuso un alivio: podía volver a salir a la calle por la ventana siempre que quisiera, podía pasear y demandó a los médicos que habían diagnosticado agorafobia por equivocación. Dentro de lo que cabe, no fue un mal mes. Pero empeoró un poco más, y fue incapaz también de abrir ventanas. Y decidió que si no podía abrir puertas, las hundiría. Sí, es cierto que no necesitaba llegar a ese extremo, podía dejar las puertas del interior de la casa abiertas, o podía contar con alguien que las abriese siempre que él quisiera ir a algún lado, o volver. Pero no le gustaba esa solución, le quitaba independencia, prefería bastarse por sí mismo, y el mazo se convirtió en su mejor aliado. Perfeccionó tanto su técnica que la bastaba un único golpe para entrar casi en cualquier sitio, y aunque perdió la mayoría de sus amistades, obtuvo un par de bíceps envidiables. Fue por aquel entonces cuando su mujer le dejó, acusándolo de falócrata, pero él casi ni se dio cuenta… tenía músculos, un mazo y una buena pensión por invalidez. Su hogar se convirtió en un ir y venir de gente a cualquier hora y de cualquier tipo, gente maja por lo general que dejaba algo de comida  y sisaba dinero a él no le importaba. Algunos lo animaban a visitarlos, y él aceptaba encantado. Sorprende ver cuántas personas adoraban verlo irrumpir en su casa de un mazazo. Se convirtió en una celebridad. Fue la época más feliz de su vida. Luego la cosa se complicó un poco, una tarde después de un reconfortante café, ya no podía cruzar umbrales. Derribar todos los tabiques de su casa fue la cosa más natural del mundo, por aquel entonces el mazo se había convertido ya en una extensión de su pensamiento, pero sus visitas dejaron de ser bien recibidas. Supo que pronto las paredes serían un problema así que se ensañó con el muro oeste, se despidió del techo y la cama y salió a la calle. Dejó tras de sí el mazo, ya no lo iba a necesitar. Vivir en la calle no resultó muy duro en verano, con el otoño la cosa cambió (por cierto, ese verano, con su bronceado torso de demoledor de tabiques, fue un festival de sexo al aire libre con mujeres superficiales). Con la lluvia empezó a extrañar su calefacción, su tele y sus mantas, puestos a no poder abrir, ya no podía ni abrir un paraguas, y le resultaba imposible refugiarse bajo nada material.

Sobrevivió hasta la primavera con la salud maltrecha, en algún momento sustituyó sus ropas por un holgado y cómodo traje pre-mamá, ya que su bragueta se negó a abrirse también una noche de ingrato recuerdo. Y con la llegada del sol y el calor y entre toses y fiebre le dio por pensar qué otras cosas no podría abrir más adelante, ¿la boca tal vez, para hablar y alimentarse? ¿las puertas de la muerte y el sosiego? ¿la desgastada cubierta de la memoria? ¿las manos para hundir su cara en ellas? Echó de menos su mazo y su salud.

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