Pidiendo ayuda

El post de hoy es un poco más largo de lo habitual, se trata de un cuento al que no he sido capaz de poner título, acepto sugerencias…

(sin título)

Cuando le preguntaron qué quería decir  con su libro respondió que no estaba segura de que debieran preguntárselo a ella. Le preguntaron entonces por la función de cada personaje en la estructura narrativa, por el significado de su principio y su final, porqué era ella y no él, qué la había impulsado a contar aquella historia. Se sintió aturdida, pronto comenzó a tartamudear, a demorarse en sus respuestas que eran cada vez más y más vagas. Hasta que guardó silencio.

Dejó de escribir y hablar durante días, semanas, pronto comenzó el tratamiento con antidepresivos, estimulantes, calmantes hasta que por fin la ingresaron. Cuando se supo, las ventas de su libro crecieron y crecieron.

Muchos fueron los que se abalanzaron sobre el libro en busca de la causa de su silencio, buscaban la respuesta, la clave, la verdad oculta que había empujado a su autora a callar y callar y callar. Se hicieron perforaciones en cada capítulo, arrancaron a los párrafos sus frases para estudiarlas con mayor detenimiento. Registraron bajo cada metáfora, tras cada adjetivo. Mientras, ella aprendió a saber qué hora era por el color de la pastilla, y a distinguir los días de la semana por su estado de ánimo.

El silencio no la había sumido en la inexpresión, así que reía con las bromas inteligentes y torcía el gesto en una mueca de dolor cuando se torcía un tobillo. Le administraron toda clase de fármacos y terapias, ¿acaso no tienes nada que decirnos? le preguntaban una y otra vez, lo cual era una pregunta estúpida. Todos tenemos algo que decir, aunque sea algo sin sentido, o necio, o algo ya tan gastado que lo han dicho millones de veces antes que nosotros. Sus lectores no tardaron en llegar a la conclusión de que en aquel libro faltaban datos, y buscaron en su vida las piezas que faltaban, comenzaron las biografías, se rastrearon influencias y hechos, ¿cuándo y por qué perdió la virginidad? ¿qué pensadores había ella leído? ¿qué música escuchaba? Se empaparon de todo aquello, vieron las películas que ella había visto, visitaron las ciudades que ella había visitado, fueron entrevistados antiguos amantes y amigos. Expoliaron su vida y luego buscaron la manera de encajarla en su obra.

Probaron encerrándola, probaron dándole absoluta libertad, probaron con la coacción y la lisonja, pero ella permanecía en silencio. Durante un tiempo hubo esperanza, cayó en manos de un médico con el que pareció realizar progresos. Es una historia triste, aquel doctor logró realmente conectar con ella, pronto la comunicación entre ambos se hizo fluida, y parecía que no tardaría demasiado en volver a hablar de nuevo. Pero el doctor se enamoró de ella, ¿acaso podían acabar de otro modo tantas horas de silencio compartido, tanto empeño puesto en una mirada, en el gesto de una mano? El doctor rompió con su esposa, tuvo que conformarse con tener  a sus hijos consigo dos fines de semana al mes y una quincena en agosto. Aquello lo destrozó, siguió un tiempo más con la terapia, pero ya no iban a ninguna parte, hasta que abandonó el caso, declarándose incapaz. Tal vez si alguien alguna vez le hubiera preguntado algo trivial, algo como si creía si iba a llover mañana, quién era su actor favorito o si quería el café con una o dos cucharadas de azúcar, tal vez ella habría respondido a una pregunta de esa clase. Tal vez.

Un día volvió a hablar, “sacadme de aquí”, pidió. Lo pidió una y otra vez, lo pidió de día y de noche. Y los médicos se reunieron, analizaron los pros y contras, se puso sobre la mesa el asunto de su fama (que era ya cosa del pasado), su precario estado de salud y su adicción a los psicofármacos, se preguntaron, en suma, si estaba preparada para vivir fuera, y llegaron a una conclusión: no. Se decidió que el director del centro, un veterano profesional de vasta experiencia, se encargaría de comunicárselo. “Sacadme de aquí, sacadme de aquí sacadme de aquí” decía ella.

–No puede ser –dijo la ayudante del director, una joven brillante a la que su superior cargó con el muerto–, no puede ser. Nos reunimos todos y nos preguntamos si estabas preparada para vivir fuera y la respuesta fue no.

–¿Y os habéis preguntado si estoy preparada para vivir dentro? Sacadme de aquí, sacadme de aquí.

La joven la ayudó a escapar, y que nadie interprete esto como una alegoría de la universal solidaridad femenina. La joven la ayudó a escapar, tirando así su carrera por la borda. Vivió muchos e infelices años recordando lo que podría haber sido. Y se arrepintió mucho de haber hecho lo que hizo.

Descubrió que fuera la habían olvidado, y eso le gustó. Su libro se seguía leyendo, sí, pero sin pasión, se había convertido en uno de esos libros que “hay que leer” y se leen para poder decir que se han leído mientras se piensa “tal vez no había para tanto, o tal vez me he perdido algo y no vi lo que había que ver”. Despacio, muy despacio, comenzó a hablar, al principio palabras sueltas, o frases incoherentes, inconexas, excepto cuando dormía y en sueños murmuraba “sacadme de aquí”. No tardó en ser capaz de conversar con fluidez.

Escribió otro libro. Si esto fuese un cuento, quiero decir, que si esto no hubiese pasado de verdad, este sería un buen momento para acabar. Ella huye, habla, escribe un relato sobre lo que sucedió cuando le preguntaron qué quería decir con su libro, siguió murmurando “sacadme de aquí” en sueños y las ventas subieron. Fin. Así terminaría el cuento, pero no es así como sucedió.

El nuevo libro no tuvo repercusión alguna, nadie se preguntaba ya porqué había dejado de hablar, nadie se preguntó porqué había retornado del silencio, nadie compró el libro. Y entonces se percató de cuánto deseaba ser escuchada, e incluso accedió a la sugerencia de su editor de presentar el libro en el psiquiátrico en el que tanto tiempo permaneció confinada, era obsceno, sí, pero aun así accedió. El acto fue un fracaso clamoroso.

Algunos de sus parientes y amigos más fieles iban de tienda en tienda, comprando ejemplares del libro. Cuando ella lo descubrió no pudo soportar tal humillación. Desapareció. Abandonó su casa, sus cosas, y nadie supo de ella durante mucho tiempo. Vivió en la calle alimentándose de basura, sufriendo de neumonía y trastornos emocionales múltiples. Componía poemas bellos y crípticos, nada excepcional para ser sinceros, garrapateaba sus versos en pedazos de cartón y luego los ofrecía a las gentes que pasaban por la calle, y algunos aceptaban el regalo asqueados con la punta de los dedos, lo leían por encima asqueados con la punta de los dedos y lo olvidaban en cuanto lo arrojaban a la papelera más cercana, o al suelo.

Un día un joven la reconoció. Habían pasado muchos años y el eccema y los tics la habían asolado por completo, la tos había desecado sus fuerzas, pero aquel joven la reconoció. Su primer libro volvía a suscitar interés entre las nuevas generaciones, volvían a pensar seriamente acerca de las cosas que decía, o que se supone que decía, o que se supone que quería decir. Ese joven, como tantos otros, había oído hablar del segundo libro de la autora, pero por mucho que anduvo, no lo encontraba, estaba ya descatalogado y la única edición que se tiró en su momento fue corta, muy corta. El joven había oído decir que ella en persona, poco después de su publicación, se encargó de buscar todos los ejemplares de su segundo libro y los fue quemando uno a uno.

El joven la invitó a vino y habló con ella. Le preguntó qué quería decir  con su libro, por la función de cada personaje en la estructura narrativa, por el significado de su principio y su final, porqué era ella y no él, qué la había impulsado a contar aquella historia. Se horrorizó cuando supo de todos esos poemas perdidos para siempre. No obtuvo respuesta alguna y siguió hablando y hablando. Especuló, tal vez no debía preguntar nada acerca de lo escrito, tal vez los cuentos eran sólo cuentos, tal vez debía buscar por sí mismo las respuestas. Él había querido escribir una historia, una de esas historias que uno empieza sin saber muy bien a dónde llevan. Él hablaba como nunca lo había hecho, reflexionaba sobre las preguntas, ¿había sabido hallar la pregunta adecuada? Por un momento tuvo la sensación de que ella iba a decir algo, pero no podía dejar de hablar, no podía dejar de preguntarse en voz alta por qué había tomado todas las decisiones que había tomado, se decía a sí mismo que todas las cosas que escribía, todos los cuentos que contaba, eran esa pregunta pero no recordaba cuál. Habló como nunca había hablado con nadie, y eso le entristeció ya que a lo largo de su vida había tenido muchos y buenos amigos dispuestos a escucharle, a ayudarle como fuera, pero él nunca había aceptado y las palabras se le habían podrido en la mente y lloró al comprender que tal vez nunca volvería a hablar como estaba hablando en esos momentos, con tanta franqueza y temor. Y ella llevaba algún tiempo muerta pero él no se daba cuenta y tenía miedo de dejar de hablar y llorar aunque sabía que tendría que dejar de hacerlo, sabía que tarde o temprano debería volver a callar.

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4 Responses to Pidiendo ayuda

  1. Mariana says:

    Siento no estar inspirada para proponerte un título…
    pero de lo que sí me siento capaz, y deseo hacer es de felicitarte, de nuevo.

    Es precioso …
    y créeme que lo es, pues si una admiradora férrima de los finales felices…puede aún teniendo un final no feliz admitir la belleza del cuento … me temo que puede darse por más que satisfecho Sr. Blai.

  2. blaitheone says:

    Mariana, como siempre, un placer leerte por aquí, me alegro de que te haya gustado. A tus pies.

  3. Esther says:

    Sugerencia a primera vista;
    Sín Silencio.

  4. Johne627 says:

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