de noche todos los nietzsches son pardos…

Del recital de ayer hablaré con más calma en otra ocasión, aunque ya os adelanto que Alfredo estuvo magnífico, hacía (demasiado) tiempo que no nos regalaba un concierto con un repertorio casi exclusivo de sus propios temas y el resultado fue vibrante, emotivo. Espero colgar en breve algún vídeo.

Pero al igual que los equipos de fútbol, el domingo tuve jornada con el recital y vuelvo a tener partido el miércoles: esta vez una colaboración en la facultad de arquitectura, se trata de una sesión para la asignatura de estética. En efecto, otra de mis muchas pretensiones es creer realmente que tengo algo que decir acerca de estas cuestiones, y preparando la conferencia me acordé de algo que sucedió hace bastante tiempo, yo estudiaba COU, era un chaval y creía saber muchas cosas, el profesor suplente tenía siempre un aspecto cansado y esquivo, habíamos tenido un par de clases ya con él, indiferentes y distendidas, el ambiente agradable provisional que reina en el aula cuando llega un profesor sustituto que estará pocos días. Aquel día, sin que viniera a cuento, nos habló de Nietzsche, de Nietzsche y la definición, pues la definición, nos dijo, es un acto de poder. Mutilación sobre aquello que de suyo se nos presenta como algo indivisible, con violencia establecemos cesura, toda definición es creación de sima, herida, fractura, tal vez reconocimiento de alguna articulación en la pata de la bestia, tal vez hachazo ciego, fruto del acaso. Yo no entendí nada.

Un par de años más tarde, estudiando ya filosofía, me encontré bastante bebido hablando con una mujer diez años mayor que yo, argentina, y me encontré escuchando, observando y deseando. Ella me explicaba el papel de Nietzsche, su soledad y radicalidad. Me hizo ver que el asunto no está en la definición. Todo empieza con la pregunta, preguntar “qué es…?” tal o cual cosa es ya desautorizarla, privarla de dignidad, vampirizarla, ¿no debería bastar con la mera presencia de la cosa? ¿a cuento de qué le pedimos explicaciones? Y es además un gesto de soberbia imperdonable: dar por sentado que hay algo que puede y debe hablar en nombre de la cosa, algo que está en un plano superior y la avala. Esto, dijo ella hablando a toda pastilla, y con el escote bañado en sudor, esta desmesura es lo que los griegos llamaron hybris, y siguió hablando de Nietzsche, sólo que estaba bastante borracha, y en lugar de “Nietzsche” decía “Kant”. Preguntar, ése era el pecado original, y para guarecernos la propia pregunta erige un más allá: la Casa de las Respuestas, el Reino de los Cielos, el concepto hermano de la razón y cáncer del ritmo, el preguntar mismo es genético (preguntar es preguntar-construir-negar) activa/engendra una potente maquinaria de construcción y prospección que deseca por completo el Reino de la Carne.

Existe pues un íntimo vínculo entre el lenguaje y el mundo, pero es el vínculo de un juego enfermizo, sanguinolento y desgarrado.

Luego intentó llevárseme a la cama, pero lo cierto es que me intimidaron su superioridad intelectual y su determinación, y preferí tomar algunas copas más hasta caer completamente borracho. Seguía sin entender nada. Con el tiempo empecé a entender algunas cosas, y las mujeres dejaron de intimidarme, también es verdad que los casos en que intentaron llevárseme a la cama con tal vehemencia como la noche aquella no abundaron (lo cual no me ha hecho dudar jamás de mi atractivo, sino del buen gusto del sexo femenino). No estoy seguro de cómo aplicar esto a la sesión del miércoles, pero algo se me ocurrirá, o no.

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3 Responses to de noche todos los nietzsches son pardos…

  1. Hilda says:

    Yo estuve en aquella memorable sesión de estética y… bueno, en mi opinión los arquitectos forman un colectivo al que hay que acercarse con cuidado… y sólo si es realmente necesario.

    Ojalá hubiera dado tiempo a más.

  2. blaitheone says:

    Espero que “memorable” sea sinónimo de “interesante”. A mí el colectivo de arquitectos me pareció ávido de preguntas, y al darle de comer, pues claro, algún que otro interrogante te arrancan de cuajo de un mordisco… pero esto entra en los riesgos de la profesión (la de profesor, digo, no la de arquitecto, no sé que os enseñan a morder a vosotros…)

    Y sí, yo también eché en falta algo más de tiempo.

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