Primera reflexión veraniega

Pantalones cortos. Descubrir un mosquito tigre volando entre tus pantorrillas en el momento en que empiezas a mear es una experiencia de lo más inquietante. Una prueba de temple y habilidad digna de un caballero jedi.

Nietzsche desfasado

Hace unos días alguien me dijo que seguir leyendo a Nietzsche es lo mismo que estancarse, que el viejo Fry está desfasado… ¿podría alguien desfasado inspirar esto?

Una recomendación literaria: Frankenstein

Víctor Frankenstein, un médico en contra de los recortes en sanidad pública, decide hacer huelga a la japonesa, dedicándose a sanar a todos los enfermos incurables del estado, de este modo eleva la esperanza media de vida hasta los ciento doce punto cuatro años y vuela por los aires el sistema de pensiones del país él solito. abrumado por la culpa se retira a vivir al hoyo siete de un campo de golf (quería cobijarse bajo un puente pero el gobierno los vendió todos) con la única compañía de un cuaderno de notas, una escudilla de madera, un Iphone y una modelo retirada de veintitres años. Entregado a esta dura vida de eremita recibe la visita de la duquesa de Alba, quién le insta a proseguir su tarea de prócer sanador de la patria pero eso sí, cobrando… Frankenstein cobra conciencia entonces de que ha sido un julai toda su pura vida y decide pasar el resto de sus días viviendo de la sopa boba extendiendo recetas a diestro y siniestro entre la menguante, pero potentada, nobleza de la región.
Al final un monstruo se va al Polo Norte.

Perspicacia

–Profe, me está saliendo el resumen más largo que el texto, ¿algo falla, no?
–Pues sí, algo falla.

Marcelo

Marcelo tiene la nariz rota, como sospechaba. Me lo acaban de confirmar ahora mismo, cuando llamé para interesarme por él. No hace mucho que nos conocemos, unas dieciocho horas más o menos. Estaba medio tirado en el jodido puente de la calle Kennedy la primera vez que lo vi (nadie la llama “calle kennedy”, tan sólo “la Kennedy”), intentaba ponerse en pie sin éxito, no debe ser fácil para un hombre de setenta y ocho años con la nariz rota. Justo antes de vislumbrarlo tras el cambio de rasante me crucé con algunos coches en sentido contrario, tuveron que verlo, por cojones tuvieron que verlo. Antes de parar supe ya porque no se habían detenido: su nariz era un surtidor rojo y vivo, manaba constante y fuerte como si despreciase ese cuerpo incapaz de sostenerse, iba a ponerme el coche perdido. Habían pasado de largo. Hijos de puta. Otra chica paró, en el otro carril, me ayudó a levantarlo y a meterlo en el coche y me preguntó si necesitaba algo más, le dije que no.El CAP de Teià estaba ahí mismo, a menos de un minuto. El hombre contenía la hemorragia como buenamente podía con el puñado de kleenex que le alcancé. A pesar de tratarse de un tipo corpulento no me resultó difícil ayudarlo a salir del coche y para mis adentros maldije mi cuerpo, maldije todos los cuerpos del mundo. Seguro que Marcelo también fue capaz de andar durante horas por la montaña, de levantar a sus hijos en brazos como si fuesen plumas, de salir a correr después de una noche de juerga, de agacharse más rápido que alguna mujer hermosa para recoger algo que se le hubiese caído, de follar sin cansarse hasta las tantas de la madrugada. También fue capaz. Y al final su cuerpo le había traicionado como me traicionará el mío, con aspavientos y alarmas o mezquino tramposo. Ese cuerpo que damos por supuesto como el aire que respiramos nos será también negado como el aire que respiramos. ¿Qué pensaré? Me pregunto, ¿cuando sea yo quién no pueda levantarse?

Resaca

La alarma sonará en 1 hora y 55 minutos. Anuncia el móvil como un oráculo posmoderno y cutre. La alarma sonará en 1 hora y 55 minutos. Qué cabrona la alarma pienso justo antes de dormirme o justo después de despertarme, no estoy seguro. Las borracheras entre semana tienen estas cosas. Todo empezó con una velada de cantautores de los más civilizada, entre los músicos y el público abundaban peligrosamente los amigos y las caras conocidas, el buen rollo y la cerveza, y al final cae esa cerveza de más. Y no ha sido por accidente ni descuido ni despiste. De un modo deliciosamente premeditado tomas la decisión de cruzar la línea emborracharte y el trabajo, madrugar y las responsabilidades desaparecen. Es como apagar un interruptor. Y lo haces con placer. La transgresión es sin duda un valor añadido a las juergas en días laborables.
La alarma sonará en 1 hora y 55 minutos. La puta alarma tengo todavía un saco de arena en la cabeza, o en la boca o el estómago o qué se yo. El concierto proseguía entregado a un repertorio populista que todos podíamos corear y el local era algo parecido a un campamento orco celebrando una fiesta de fin de saqueo. Y hubo más. Pero la puta alarma terminó sonando al cabo de 1 hora y 55 minutos tal y como había anunciado-prometido-amenazado y por lo tanto hoy el blog está de resaca también.

XX

Le digo a mi madre que me han educado fatal, sin preparme lo más mínimo para el siglo XXI, y está de acuerdo conmigo. Le digo a mi madre que me han educado fatal mientras mi padre y mis hijos duermen, y compartimos un rato a solas, yo con el primer volumen de Canción de fuego y hielo y ella hojeando una revista, con el televisor de fondo (no lo soporto, no soporto el televisor de fondo, nunca lo he soportado, pero una madre merece, supongo estos sacrificios, aunque me haya educado fatal).

Cuando bajo con Rubén y Xènia a pasar unos días con sus abuelos aprovecho para echar un vistazo al mundo: hojeo el diario, veo las noticias mientras como y a veces la televisión me escupe mientras me estoy inyectando un buena novela de género fantástico. Le digo a mi madre que me han educado fatal fascinado y asqueado ante la mierda que se pasea por la pequeña pantalla: uno de esos programas zapping ofrece sin respiro una retahíla deslavazada de escenas con el nexo común de constituir un homenaje a mi sentido de la vergüenza ajena: veo a hombres y mujeres gritarse e insultarse a la luz impúdica de los platós; un hombre con barba y gafas arrodillarse para atisbar bajo la minifalda de un putón que se pasea fingiendo no darse cuenta; más insultos y gritos; de nuevo el de las gafas y la barba, desgañitándose al pregonar en voz alta el color de las bragas del putón ese; un hombre que no cumplirá ya los sesenta humillándose berreando “La cabra” a cambio de quién sabe qué esperaba conseguir ese pobre desgraciado, y un tío con gafas de sol, una especie de juez o jurado lo pone a la altura del betún desde su sólida posición de famoso o presentador o qué se yo, averganzándolo como sin duda merece pero resultando a la vez un espectáculo vergonzante, un abuso de poder sórdido, pornográfico y misérrimo a la vez: desde su atalaya del éxito televisivo se atreve a ensañarse y escupir verdades a ese pobre diablo incapaz de defenderse como un abusón de patio de colegio, veo a Mercedes Milá (el único rostro que reconozco) hablar de su cuerpo con una procacidad carente de toda gusto. Porque esta es la clave: el gusto. Todo esto me parece de mal gusto, no me parece mal, a secas, no es problema moral ni ético, sino estético. Me parece de mal gusto, soez, exento del menor atisbo de inteligencia, o ingenio, resulta un espectáculo tan esperpéntico que me parece imposible que mueva a la hilaridad, todo lo más me provoca una sensación de aturdimiento e incomodidad, ni siquiera rechazo, se trata más bien del asco reflejo que sentimos (por lo menos yo) al ver alguien comer sus propios mocos.

Le digo a mi madre que me han educado fatal, sin prepararme lo más mínimo para el siglo XXI. Me da la razón.

La montaña mágica

Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz, en el cantón de los Grisones.

La montaña mágica es uno de esos libros a los que vuelvo cada dos años más o menos y me pareció que hoy era un día tan bueno como cualquier otro para abrirlo de nuevo. George Romero, lo primero que me viene a la mente cuando pienso en esta novela es George Romero y sus muertos vivientes (en esa maravillosa película fundacional no se pronuncia la palabra “zombi”). Thomas Mann ideó un sanatorio a mil millones de metros de altura por debajo de la tierra, y allí un puñado de adictos a la no-vida devoran pasteles y tiempo y el alma de Hans Castorp está en juego… creo que nunca he leído nada que sea tan aburrido y fascinante a la vez. Una vez vi una familia de zombis. En un restaurante de montaña. Uno de esos sitios de ambiente casero en el que cada ración de comida parece destinada a alimentar un regimiento, la conversación había degenerado hasta el vicioso campo de la crítica descarnada hacia los compañeros de trabajo ausentes, un repugnante hábito muy común entre gente educada y culta, y entonces J. dijo:

“¿Os habéis fijado?, no han dicho ni una palabra desde que han llegado” señaló detrás mío, me giré con algo de disimulo y allí estaba la familia al completo: un matrimonio con un crío pequeño y otro bebé en un cochecito, algunos ancianos que serían padres o tíos o algo así. Y J. tenia razón: no hablaban. Me quedé mirándolos de un modo cada vez más descarado, las fuentes de carne y las botellas de vino pasaban de un lado a otro, el crío era cogido en brazos de algún pariente para que se distrajera y todo en el mutismo más absoluto. Y un cuadro fascinante empezó a cobrar vida, imaginé que diminutas manos humanas y cráneos rasurados rebosaban en sus grasientos platos, imaginé un coágulo de sangre en cada inmaculada esquina de las servilletas vi a esa familia devorar todas y cada una de las falanges de sus dedos sin mirarse a los ojos, ni hablarse y la carne en mi plato se enfrió. El niño cambiaba de regazo como la botella de gaseosa cambiaba de ubicación en la mesa sin que ningún gesto se alterase más allá de lo estrictamente necesario para masticar y deglutir los tendones y cartílagos que se resistían obcecados a ser triturados por molares impasibles. Pagaron y se fueron. Nunca sabré si en verdad no tenían nada que decirse.

La rebelión de las nueces

Justo hoy, cuando he hablado en clase de la importancia de dar sólo información relevante…

Delfos

Salgo del instituto poco antes de las doce y tengo todo el viernes por delante. El día es radiante, caluroso, delicioso anticipo de verano y mejora todavía de un modo espectacular: en media hora termino las gestiones que debía hacer en Mataró (ningún problema con los papeles, el dinero cobrado al instante, aparcamiento a la primera en dos zonas del centro) esto tiene que ser una señal (sobre todo lo del aparcamiento), hoy será un día especial seguro (encontraré un Picasso en un container conoceré a la mujer de mi vida descubriré el final del número pi), y como el día sólo puede brillar un poco más y estoy en Mataró decido pasar por el gimnasio Delfos, tuve que dejarlo hace ya algunos meses y le dije a Juan, el entrenador, que pasaría de vez en cuando a saludar. Todavía no he cumplido. Hay compañeros además de los que no pude despedirme, en especial quisiera ver de nuevo a Artur.

Artur no fallaba ningún viernes, es un hombre algo mayor que yo, trabaja de jardinero y había sido boxeador. Nos entendíamos bastante bien: me enseñaba a bloquear los jabs con un violento gesto de derecha, a contragolpear desde resguardadas posiciones defensivas, a torsionar la cadera para que el puño llegue a lugares lejanos. Luego charlábamos de Nietzsche, Spengler, tatuajes tribales y Charles Baudelaire. Me apetece de veras verlo y charlar de nuevo con él.

En serio.

Pero no encuentro sitio para aparcar esta vez y la persiana metálica del gimnasio está echada y sé que hoy no veré a Artur, ni encontraré un Picasso ni me enamoraré pero me agacho y contragolpeo como me enseñó y no me dejo abatir. Paso el resto del día recordando nuestras conversaciones sobre kant y el vitalismo, recordando cómo me explicaba que iba a la montaña a rastrear jabalíes, acercándose a ellos hasta que el animal lo oía, o lo olía, y huía asustado ante la presencia del hombre. Y en el coche, a la vuelta, sonaba 20 de abril.

Y ahora, recién duchado después de una sesión de entrenamiento en casa, con las marcas todavía de las vendas en el dorso de mis manos y los nudillos aún doloridos, escribo este post, pero sigo sudando en el gimnasio Delfos, charlando de estética y salvación con Artur mientras el resto nos miran como a dos chalados.

Hoy ha sido un día especial, después de todo.

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