Un caniche siniestro

Perdía la cabeza con frecuencia. La primera vez tuvo su gracia, estaba en la playa y salía del agua intentando meter barriga cuando la cabeza se le fue a caer entre las belgas piernas de una turista tendida al sol, sus orejas resbalaron muslos abajo hasta el bikini azul eléctrico y S. no supo cómo reaccionar mientras su corazón bombeaba sangre hacia el rostro para sonrojarlo por puro acto reflejo, pero al llegar al cuello se convirtió en un surtidor de sangre cálida y pegajosa que llovió sobre los bañistas en varios metros a la redonda. La belga le devolvió la cabeza sujetándola entre la punta de sus dedos con expresión asqueada y le cayeron varias denuncias por arrojar desperdicios a la playa.

La cosa no mejoró con el tiempo.

Desde aquel día su cabeza dejó de ajustar del todo bien y se le soltaba cada vez con más frecuencia. Una vez estornudó con tanta violencia que salió disparada varios metros más allá, yendo a parar sobre el capó de un taxi, de allí rebotó por entre el tupido tráfico de la ciudad y por entre los apresurados pasos de ocupados ciudadanos. Tardó horas en encontrarla. Y cuando al fin la halló era poco más que una piltrafa amoratada y magullada. Decidió entonces hacerse un piercing en la nariz, una argolla de la que pendía una cadena sujeta a su muñeca. Era antiestético, sí, pero práctico. En cierta ocasión estuvo a punto de morir ahogado cuando su testa se desplomó en el interior de un cuenco de sopa.

El lado bueno del asunto fue que por fin tuvo una excusa para dejar de llevar corbata.

En cierta ocasión (si le preguntásemos lo negaría con vehemencia) se planteó cumplir el sueño de todo hombre: proporcionarse placer oral a sí mismo, pero en el último momento le dio como repelús y desestimó la idea con asqueada fascinación al sentir el roce de su miembro contra su nariz.

Intentó sacar provecho del asunto acudiendo a la televisión, pero S. no tenía ninguna habilidad especial, así que se limitaba a separar la cabeza del cuerpo delante de las cámaras y permanecer ahí de pie, con expresión avergonzada sin saber qué hacer. El público lo tomó por un ilusionista mediocre y poco imaginativo.

Los frecuentes cortes bruscos en el suministro de oxígeno terminaron por afectar a su ya de por sí poco ágil cerebro, tornándolo olvidadizo, lerdo e incapaz. Pronto no fue más que un babeante patán descabezado y aburrido para todos aquellos que lo rodeaban. Su círculo social quedó reducido a la nada, o un poco menos. Finalmente, un día su cabeza cayó sin que él supiera ya qué hacer con ella, y su cuerpo siguió paseando por la brisa de la tarde, arrastrando tras de sí, al otro extremo de la cadena, su desvencijada cabeza como un caniche siniestro.

Bastión (parte 3)

Decíamos ayer.

Él se lo cree y me mira pensando ése es mi chico. Soy como un hijo para él, lo veo en su bizca mirada (es bizco, no me había dado cuenta hasta ahora, voy a meterme en la montaña acompañado de un bizco con escopeta).

A veces mi mujer me echa en cara que yo no quisiera tener hijos, como si fuese culpa mía. Luego es ella quien se siente culpable, pero no lo es nadie lo es. Lo pasa mal e intento consolarla. Todo controlado. Me despierto y ni me pregunto por qué. Ya no me están echando, es decir me seguirán estando echando indefinidamente porque de momento no me echan. Me trasladan. Mi mujer está aliviada y sonríe y nos sirve una copa, no me había dicho nada pero estaba muy preocupada por mi situación laboral. Seguro, dijo eso dijo situación laboral. Me han trasladado a ventas me ha reclamado la jefa de departamento en persona y no han podido negarse, todo el mundo sabe que es muy eficiente, y mi amante, eso no lo sabe tanta gente pero de todos modos ya no somos amantes, creo. Nos vemos tan esporádicamente que ya no sé si lo hemos dejado o si estamos en un paréntesis entre citas a lo mejor ahora se aclara algo. Dice que me ha reclamado porque sabe que mi situación laboral es, era muy precaria y me ha reclamado para hacerme un favor, no me siento muy halagado. Me ha reclamado a sabiendas de que soy mal vendedor pero no es problema me pondrá de jefe de ventas así no tendré que preocuparme de vender nada. Me doy cuenta de que a partir de ahora ni siquiera tendré que preocuparme de justificar mi puesto de trabajo. Otros lo harán por mí. Estoy a punto de protestar de decir que eso no me parece muy justo, pero es inevitable. Esto es ascender, medrar, crecer profesionalmente en suma. Mi situación laboral ha experimentado una notable mejoría gracias a mi polla. Debería premiarla, no por la notable mejoría que ha experimentado mi situación laboral, sino porque ella es la causa del alivio de mi mujer. Debería probar algo distinto para ella, mi polla quiero decir, aunque salga un poco caro después de todo mi mujer se merece eso y mucho más. Miraré en los anuncios clasificados a ver si encuentro el modo de agradecer a mi polla lo que ha hecho por mi mujer. Creo que no le contaré nada de todo esto no lo entendería, o sí, y entonces sería peor. Le cuento en cambio con más detalles lo de mi situación laboral y su mejora y pregunta si la mejora se notará a fin de mes, le digo que no. Cuanto más ganemos más gastaremos y seguiremos igual.

El cruzado

La carcajada estremece a los caballos de los cruzados de retorno exhausto. Con fe y con sudor aplacaron la voraz sed del desierto. Con sangre ungieron el acero bienamado ¡Benditos sean los piojos que engordan en sus cráneos, pues suya es la savia de estos santos hombres! Tercos abrazan la existencia con oxidadas armaduras, destella el terror tras sus viseras y alzan el escudo malherido, veloz vira su mano a la espada cruciforme.

La carcajada estremece a los caballos de los cruzados de retorno exhausto. Sólo los caballos la escuchan. Sólo los caballos dejaron algo tras de sí, allá en el desierto.

Nunca es tarde para volver a empezar

Despertó en la cama junto a su esposa, que seguía acostada tranquilamente, no había cambiado de posición desde su muerte, más o menos a eso de las cuatro de la madrugada. A esa hora él se había levantado, había bebido algo de agua de su mesita de noche y luego estranguló a su mujer mientras dormía. Después del lógico forcejeo se sintió algo cansado, y como sabía que al día siguiente le esperaba una jornada dura volvió a dormirse, hasta que la luz del sol penetró por su ventana. Se desperezó con parsimonia y echó un vistazo al rostro del cadáver, le incomodó en seguida su mirada aterrada. Algo habría que hacer, no podía vestirse con esos ojos salidos de sus órbitas clavados en él. Anduvo dando vueltas por la casa buscando una grapadora, pero no tuvo éxito, así que se decidió por cubrir su rostro con la sábana, total, tampoco tenía intención de hacer la cama.
Durante el desayuno confeccionó una lista de sus amigos y familiares. Se trataba de una lista muy corta, nunca se habían preocupado demasiado por sus relaciones sociales. Confeccionó otra lista, algo más larga. Luego dobló cada una de ellas y las guardó en bolsillos distintos.
Salió a la calle confiado, su aspecto externo era tan vulgar, tan anodino y absolutamente normal, que a lo largo de los años no había dejado ninguna huella en vecinos, conocidos, ni siquiera compañeros de trabajo. Nadie que intercambiase unas pocas frases con él era capaz de recordarlo en cuanto se iba. No figuraba en la memoria de nadie, salvo en la de un puñado de amigos y familiares a los que asesinó concienzuda y metódicamente a lo largo de ese sábado primaveral. Pudo descubrir, no sin sorpresa, que era cierto eso de que la cara es el espejo del alma. Efectivamente: si bien con los vivos y sus expresiones cambiantes en función del humor, las preocupaciones, las distracciones y demás, resulta difícil discernir qué clase de individuo alberga cada rostro, la cosa cambia con el rigor mortis, ahí sí hay algo digno de estudio, pero apartó con pereza esa divagación que no llevaba a ninguna parte.
Tachó el último nombre de la lista y la quemó. Acto seguido se sacó del bolsillo la otra lista, en ella había reseñado una docena, no más que una docena, de rasgos de carácter. Como buen observador se había percatado, con los años, de que la personalidad, algo en apariencia tan complejo e intransferible, podía reducirse a la combinación de tres rasgos de carácter de entre una lista de doce. Así, eligió tres: uno que ya poseía y del que se sentía incapaz de liberarse, y otros dos al azar (para ser honestos hay que admitir que no le gustó uno de los rasgos que eligió la suerte, con lo que volvió a efectuar el sorteo).
Satisfecho salió a la calle.
Ya podía empezar una nueva vida.

La colonia

La vibración atravesó la colonia: amasijo grisáceo de chillidos estridentes y descarnadas colas enredadas como gusanos que se estremeció como un solo ser, pues ninguno de los integrantes de la colonia (diminutos mamíferos de ojos amarillentos y dientes chirriantes) era nada en sí mismo, sólo un accidente topográfico en ese foco infeccioso que se agitaba y medraba en la oscuridad. Y los límites de la colonia no eran más que obstáculos pasajeros a su crecimiento, o potencial alimento. De modo que el interior y el exterior de la colonia se definían por la colonia misma.

La vibración había venido de afuera.

Como un silencioso monolito oscuro el bajel reptó hasta la cima de la ola cuya cresta, exhausta, se desplomaba ya por las líquidas laderas hasta que ola, cresta y navío se fundían de nuevo en el regazo inquieto de las sombrías aguas. Los relámpagos rabiosos atacaban la noche, acuchillaban las nubes, restallaban incansables. El mástil gimoteó malherido, parecía suplicar al aullido que inmisericorde lo sometió, combándolo primero y luego quebrándolo con un crujido que era a la vez un estertor.
El estrépito de la noche embravecida y en zozobra se había convertido ya en cotidiano, acompasando todos y cada uno de los hueros instantes que la colonia llenaba con su presencia. Y cuando un nuevo estremecimiento se incrustó sanguinolento en las raíces de la colonia ésta llevó su actividad hasta un ritmo febril, inaudito.

En este relato no hay lugar adecuado para especificar lo que se indicará a continuación: si bien como se ha dicho los individuos de la colonia no eran nada por sí mismos (lo cual los convierte en cualquier cosa salvo en individuos), la colonia carecía de conciencia de sí, de modo que el conjunto habitaba una situación de precario equilibrio entre los instantes, precario equilibrio que sólo podía ser perpetuado mediante el crecimiento desmedido de la colonia, el incremento constante de sus incontables integrantes, la inflexible debacle de los límites.

Y así el casco gimió al quebrarse la madera bajo la brutal y aún así predecible suma de fuerzas contrarias, y la colonia (literalmente) fuera de sí abolió sus fronteras y en su centro inexacto pero inmutable creció el vacío mientras se expandía (toda chirridos y rascar apresurado de garras) hasta la disgregación y entonces, sólo entonces, fue fácil discernir todos y cada uno de sus integrantes, tan fáciles de señalar como imposibles de contar arrullados con una violencia no exenta de cierta suavidad por la espuma y el agua salada.

Las ratas abandonaban el barco.

Conversaciones con el fantasma de tu padre

Olvidaste (de nuevo) que tu padre murió. Y van tres. Saliste entusiasmado del cine y echaste mano del móvil mientras encendías distraído un cigarrillo. “Papá tiene que ver esta película”, pensaste. Y recordaste el funeral. Cuando se lo contaste al psicólogo te dijo lo de siempre, que el duelo no pasará hasta que no llores de una vez. Empiezas a creer que es marica. Lo llamabas a menudo con cualquier excusa (a tu padre, se entiende, no al psicólogo de sexualidad incierta) toma nota: este libro te gustará, qué partidazo ha hecho el Madrid, la semana que viene tampoco podré venir a verte y cosas así. El hombre estaba muy solo desde que mamá murió. Y envejecido. Y te pasó y volvió a pasar: descubrirte con el teléfono en la mano y el ataúd resucitado en la memoria.
Recorres en coche otro invencible domingo por la tarde, gastando gasolina que no puedes pagar escuchando música de los noventa. Llamadas perdidas de amigos a los que no quieres ver. Y no acabas de entender cómo han podido joderse tanto las cosas, ojalá algo se moviera alguna vez, ojalá lluevan nuevas heridas en las que hurgar.
Porque todo lo que acaba, duele.

Olvidaste (de nuevo) que tu padre murió. Y van tres. Saliste entusiasmado del cine y echaste mano del móvil mientras encendías distraído un cigarrillo.
―¿Sí?
―Hola, papá, ¿eres tú?
―Sí, claro que soy yo, me estás llamando al móvil.
―Claro, sí, tienes razón supongo, ¿cómo va todo?
―Va…
―Acabo de ver una película que te gustaría, de verdad, es
―No puedo verla, hijo, estoy muerto.
―Bueno, pero estoy soñando ¿no? podemos… no sé… podemos fingir que no ha pasado, no mientras sueño, al menos.
Ya es bastante jodida la vida real, piensas. Pero no recuerdas el resto de la conversación.

Relees el último cuento que has escrito, El hombre que abrazaba a las putas, un cuento sincero, triste y mediocre del que te avergüenzas.
Van echarte del trabajo porque no estás por lo que estás. Ayer volviste a hablar con tu padre insististe en hablar sin mencionar ese puñado de pastillas de más. Y recuerdas la última conversación que mantuvisteis en el mundo de los despiertos charlasteis de tonterías y un par de veces te preguntó cómo estabas. Bien, claro, qué ibas a contestar. Y caes en la cuenta de que no le devolviste la pregunta.
Y tecleas sin ganas el título de un nuevo cuento.
Porque todo lo que acaba, duele.

Negocios y placer 3

Dos meses y ocho días. Esta es la medida exacta de mi constancia. Iba a dar alguna explicación, pero paso.

Negocios y placer 3

―Escribes muy bien
dijo. y cómo iba ella a saber que éstas son las únicas palabras que me revuelven de verdad las entrañas y cómo iba ella a saber que quiero de verdad no querer escribir (sólo la palabra escrita depurada mesurada) y cómo iba nadie a saber que estoy harto ya del tedio la desidia y la euforia desmesurada y las confesiones al amigo a medianoche preñada de resaca aspirinas y el recuerdo de palabras vergonzosas. (sólo la palabra escrita depurada mesurada)

―Escribes muy bien
dijo. y cómo iba ella a saber que a vueltas de nuevo a engañarme con la urgente desmesura de tener algo ya que decir. Ya (sólo la palabra escrita depurada mesurada) y siempre igual a vueltas de nuevo justo antes de cruzar el limen del olvido. de las horas encorvadas del teclado desgastado de la espalda dolorida para nada. y más allá las deudas las mujeres mis hijos las flexiones el oxígeno penetrando en mis alveolos. para nada. y sólo la palabra escrita depurada mesurada. para nada.

―Escribes muy bien
dijo. y cómo iba ella a saber que éstas son las únicas palabras que me revuelven de verdad las entrañas. Y supe (no entonces, no, sino ahora hace cinco escasos minutos) supe que no estuve a la altura del mundo.

Nunca, nunca jamás me llevaré la vida a la cama.

Bastión (parte 2)

Mi mujer me pregunta porqué paso tanto tiempo arreglándome las uñas de los pies si nunca llevo sandalias sobre todo la uña del dedo gordo, yo le pregunto que a cuánto va el kilo de dinamita y me mira raro.

 

Pero esto no llena un fin de semana, qué va, da conversación a lo sumo para media hora y eso alargándolo mucho. Debería conectarme a internet, allí se encuentra de todo. Luego va pasando el día y la gente me cuenta cosas que me importan un carajo. Un vecino, por ejemplo, me dice que se ha comprado una cinta de esas para correr y le ha costado no sé cuántos, y claro, por la expresión de su cara espera una reacción por mi parte y yo que sé ¿es eso caro o barato? sonrío como un imbécil y repito la cifra con incredulidad y me contesta que eso es justo lo que él pensó. Llego a la conclusión de que mi vecino sabe mejor que yo lo que pienso. Luego se queja de los otros vecinos y me pregunta si a mí también me molestan sus juergas y sus gritos y su música le digo que sí, por solidaridad, y me pregunta si debería denunciarlo y contesto que por supuesto, que es insoportable. Luego le pregunto si va de caza y los ojos le resplandecen claro que caza le pregunto si podría ir con él y los ojos le resplandecen (estoy confuso, los ojos sólo le resplandecieron una vez pero no recuerdo cuál) claro que podré acompañarle, cuando empiece la temporada, no sabía que también había liga de caza. Ya casi he pasado el sábado (las siestas largas ayudan mucho). El vecino tiene dos hijos. Nosotros no tuvimos ninguno (nosotros mi mujer y yo no mi vecino y yo). Nunca quieren acompañarle a cazar ¿Qué clase de jóvenes estamos criando? Incapaces de apreciar el placer de levantarse un sábado a las cuatro y media de la madrugada, ir a la montaña a pasar frío, vestidos de camuflaje con gorros de vaquero y las botas por fuera de los pantalones, disparando contra conejos y perdices que han sido criados para eso y luego recoger los amasijos de carne, plumas, hueso y plomo y hacer que te lo cocinen ¿son de veras tan insensibles cómo para no apreciar todo esto? Es una lástima. Justo por eso nosotros no tuvimos hijos, miento. Él se lo cree y me mira pensando ése es mi chico. Soy como un hijo para él, lo veo en su bizca mirada (es bizco, no me había dado cuenta hasta ahora, voy a meterme en la montaña acompañado de un bizco con escopeta).

 

Bastión (parte 1)


 


Despierto cada mañana y ni me pregunto por qué. Sólo sé que estoy cansado. Siempre es igual: me despierto cansado casi sin saber dónde estoy, luego resulta que estoy donde siempre (¿dónde sino?). Luego va pasando el día, trabajas ves gente te distraes y poco a poco la sensación empeora. Todo controlado. Cuando no puedo más y las ganas de pegarme un tiro son insoportables me meto en la cama muerto de sueño. Sería perfecto si me durmiera en el acto. Vueltas y vueltas aburrido ya de estar aburrido. Saturado de lo cotidiano capaz sólo de pensar en menudencias insignificantes cosas sin importancia a las tantas de la madrugada. En algún momento me duermo, eso es seguro, ya que en algún momento me despierto. ¿Qué más? Despierto y ni me pregunto por qué. Sólo sé que estoy cansado, pero debería sentir algo, se supone que debería sentir preocupación llevo seis años. Seis años justificando mi puesto de trabajo (generando papeleo, proponiendo soluciones, generando papeleo, proponiendo problemas a las soluciones, generando más papeleo, organizando reuniones, contratando gente para ordenar el papeleo, preparando actas de las reuniones, generando papeleo, organizando reuniones para la aprobación de actas de reuniones. Todo esto en sólo ocho horas diarias). Conforme va pasando el día ves gente te distraes y poco a poco te van echando. No les culpo, claro, yo también me echaría. Quiero decir que no me echaría especialmente a mí, pero es lógico que de vez en cuando se eche a gente a la calle, al fin y al cabo, mis superiores también tienen derecho a justificar su puesto de trabajo. No me están echando por nada que haya hecho mal (esto es difícil, pues nunca ha hecho nada en estos años), ni tampoco me echan por no haber hecho nada, simplemente me echan, bueno, me están echando. Tal vez sí he hecho algo mal: tal vez no he justificado lo suficiente bien mi puesto de trabajo, me van echando a ratos. Pero no creo que sea eso. Empiezo a darle vueltas al asunto pero la cabeza se me va muy rápido hacia el cambio de aceite del coche, el partido de mañana ¿de qué color pintaré el despacho de casa ? Un poco antes he tenido ganas de pegarme un tiro pero ni siquiera tengo pistola ¿cómo la consigo? Supongo que es más fácil hacerse con una escopeta de caza pero pegarme un tiro con el dedo gordo del pie me parece ridículo, debería probar con dinamita. Eso sería sonado. Luego me acuesto y pienso en si no habré justificado mal mi puesto de trabajo ¿de qué color pintaré el aceite del coche? Estoy hecho un lío.

 

Los fines de semana son agotadores, por suerte pasan rápido. Mi mujer me pregunta porqué paso tanto tiempo arreglándome las uñas de los pies si nunca llevo sandalias sobre todo la uña del dedo gordo, yo le pregunto que a cuánto va el kilo de dinamita y me mira raro.

 

(continuará…)

Acechante

Como solución natural al problema decidió emparedar su cuerpo. Demasiado tiempo hacía ya que pertenecían a otro sus músculos, nervios y mejunjes bioquímicos. Demasiado tiempo hacía ya que se había visto desterrado al azaroso reino de más allá de su dermis.

No se trató en ningún momento de una ocupación violenta, más bien la usurpación había sido llevada a cabo sigilosa como una depresión incipiente, había medrado imperceptible y no sabría decir cuál fue el primer signo que percibió ¿Tal vez fue el sueño aquel que durante un tiempo le acosó en sus frecuentes estados de duermevela? No se trató exactamente de un sueño, era más bien una distorsión del pensamiento que se tornó más diáfana armonizándose con los sonidos de su entorno (el preciso compás del grifo que gotea, la estridencia nocturna del gato en celo, el quedo susurrar de las sábanas).

Y fue allí, en el bifurcado reino de la onírica vigilia, en el límite preciso y a la vez indiscernible de la consciencia y la inconsciencia, que se descubrió atendiendo a un extraño tambor, un tambor inconstante, ausente como sumergido en lodo. Tardó en comprender que se trataba de su propio corazón.

¿Fue entonces cuando empezó a intuirlo? ¿O fue tal vez más tarde: la primera vez que se mordió las manos sin sentir dolor ni emoción alguna?

Pero ya era tarde: algo había controlado por completo su cuerpo y a él no le quedaba más que atisbarse desde cualquier superficie reflectante, expulsado de su cráneo, acechaba desde los espejos y las pupilas ajrenas, acechaba su propio cuerpo y acechaba también a sus amigos, familiares o compañeros de trabajo, pues los hipócritas fingían no darse cuenta de nada mientras lanzaban miradas furtivas y preguntas en apariencia inocentes. Y él descubrió el modo de saber de verdad lo que pensaban cuando los sorprendía desde el filo reflectante de un cuchillo.

Como solución natural al problema decidió emparedar su cuerpo. No recordaba muy bien como lo consiguió, pero ahora vagaba libre, al otro lado de las superficies pulidas, sorprendiendo a sus conocidos desde el otro lado de un cristal roto o una hoja de acero afilada cuando se sentía de buen humor.

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