Excusas, paciencia

Llevo ya algún tiempo viviendo sin conexión a internet, y esto seguirá así hasta, calculo, mediados de enero, momento en el que retomaré el blog. Así que mis excusas, y paciencia.

De momento, propongo algunos deberes filosóficos para el 2013:

Reflexiónese sobre los siguientes temas:
-Los bahídos y los techos (asonantes)
-¿Es todo el mundo tan tonto como parece?
-“Si Dios no existe, todo está permitido” entonces, ¿por qué no te comes una rosca? (si no es el caso, exponga su situación erótico-social con todo lujo de detalles)
-Si la felicidad es un estado del alma, ¿cuál es su nación?
-¿Es concebible la posibilidad de un Lee van Cleef gay?

Hasta el año que viene.

Criminal

El estado que consiente familias echadas a la calle por deudas es un estado criminal.

Ellos

Nunca he sintonizado con las teorías conspiratorias.

El club Bildenberg provocó la crisis escondiendo montañas de billetes en una caja fuerte de la Atlántida; las torres gemelas siguen en pie, el atentado fue una gran mentira urdida por un complot de vigilantes de aduanas estadounidenses, con el fin de poder meter mano a las turistas; las gomas de borrar, en realidad, no borran…

Siempre me ha chocado la capacidad del creyente en teorías conspiratorias para despreciar toda fuente de información medianamente mayoritaria (del New York times a la cadena SER, del telediario de la primera a la revista anual del colegio de los niños), todos, absolutamente todos, están en el ajo… curiosamente esta incredulidad radical se convierte en fe ciega cuando hablamos de ese blog de un doctor austríaco del que nadie ha oído hablar, aquel documental que hay en youtube sobre los illuminati y la Gran muralla china, ese experto en misterios al que entrevistaron en un programa de madrugada… ahí está la verdad.

El poder tras el poder tras el poder, los gobiernos tras los medios de comunicación, las multinacionales tras los gobiernos, las logias masónicas tras las multinacionales, los intereses de unos pocos explican con claridad meridiana las desgracias de unos muchos…

Creo que uno de los motivos por los que las teorías de la conspiración tienen cierto éxito radica en que, en el fondo, ofrecen una visión del mundo tranquilizadora.

Nos dan un malo de la película, “ellos”, reunidos en torono a una mesa con sus somreros de copa, sus puros y su ambición y villanía sin límites. Es agradable vivir en un mudo con malos, ayuda mucho a sentirse bueno

Además, ellos, los malos en cuestión, son tan poderosos y misteriosos, que ni si quiera merce la pena plantearse luchar contra ellos, Así que resultan ser unos malos comodísimos, que no nos obligan a nada.

Por último, concebir el mundo en estos términos es concebir un mundo ordenado, un mundo en manos de individuos que saben lo que se hacen, planifican y anticipan situaciones, son malvados, sí, retorcidos y crueles, pero profesionales. Y siempre es mejor pensar que el mundo está bajo control (malvado, pero bajo control), a imaginarlo como un cacharro que nadia tene ni puta idea de cómo funciona.

Profecías autocumplidas

Escribo en toda clase de papelajos. Garabatos casi ilegibles en el dorso de recibos viejos ornamentados con irregulares círculos trazdos por tazas de café. Frases sueltas, inconexas, que me asaltan a todo momento (el orden no es mi mejor aliado), así, me reencuentro a menudo con imágenes fugaces que atravesaron mi cabeza: siempre me resulta curioso reconocer esas dos frases que tendrían que haber empezado un cuento, y terminaron convertidas en poema, ese diálogo fragmentario entre dos personajes que jamás desarrollaré del que salió una especie de reflexión. Esos versos que terminaron en nada.  A veces, me encuentro con alguna frase críptica con la que no sé a dónde quería llegar. Ya forma parte de mi día a día este reencuentro con retazos de poesías, relatos o escenas absurdas… pero hasta ahora jamás me había encontrado con una profecía.

 

En el fragor de la mudanza (caja va caja viene), bajo un estante que pude mover al liberarlo de libros y papeles varios, me encuentro con un volante del médico, y en su reverso, una frase (o, tal vez, un verso) que sin duda pretendía ser el ininicio de algo, y que terminó deviniendo en sentencia profética: “Hay rincones de mi casa que nunca limpiaré”.

Jo no sóc català

“Jo no sóc català”, solía decir mi abuelo. Toda su vida transcurrió entre L’aldea y Barcelona, hablaba castellano con el marcado acento del habla del delta del Ebro, y provenía de familia largo tiempo estigmatizada por su actitud comprometidamente republicana allá en los años treinta (fue de hecho mi abuelo, por entonces un crío, Alfonset, quién se encaramó al balcón del ayuntamiento con bandera tricolor cierto día de abril del 31).
“Jo no sóc català”, solía decir mi abuelo, “no sóc del Barça, no voto a Convergència i no tinc diners a Banca catalana”.

No sé si es debido a alguna tara mental, pero me resulta patológicamente imposible comprender los sentimientos nacionalistas. Así, en general. Que nadie me venga con argumentos sensibleros baratos, pues para eso me basto solo: quiero con locura las calles y playa de Ocata, Sant Mateu i sus “turons” vecinos, adoro la visión del mar más allá de los techos bajos de Masnou, y cuando por la autopista paso a la altura de Teià miro siempre hacia El Cim. Este es el palmo cuadrado de mi existencia, y formará parte de mí mucho más de lo que yo formo parte de él. Pero esto que siento por este pedazo del maresme sud (su arena, su asfalto, sus rocas árboles y gente), repito que esto que siento por estos lugares concretos no ha devenido jamás en sentimiento hacia algo así como la patria, el país, casa nostra. Las sardanas no me dicen nada, y en cambio vibro con Los Rodríguez, Pink Floyd o Nirvana, me gusta como escriben Guimerà, Monzó, o Narcís Oller, pero menos que Cervantes, Kafka o Tolstoi, por decir algo. El Tirant lo Blanc me parece un tostón. Lleida me resulta tan ajena como Albacete o Tokio, y la extinción del catalán me preocupa menos que la desaparición de las ballenas, o de las libertades individuales, pongamos por caso. No hay bandera que me levante ni himno que me emocione (salvo, tal vez, los acordes iniciales de la Marsellesa en all you need is love).

Y por supuesto, no entiendo que clase de carencias afectivas puedan estar experimentando todos aquellos que necesiten sentirse identificados con un estado.

Catalunya al bar

Los argumentos económicos a favor de la independencia, la certeza de lo ricos que seremos cuando dejemos de enviar dinero a Madrit, me recuerdan a la forma de razonar típica de cliente de bar:

 

“… si la coca-cola cuesta veinte céntimos en el súper, y aquí me la sirven a euro y medio, el tío del bar se está llevando euro treinta de beneficio…”

 

Pues eso.

Capitán de la sardina

Cobarde. Gallina. Capitán de la sardina. Nunca se sentía tan solo como en el ring. Y supo que perdería otra vez cuando encogió, como siempre, los dedos de los pies. Aborrecía ese tic involuntario inevitable. Sonaba la campana, se levantaba y allí estaban sus putos dedos de los pies encogiéndose un segundo, retrocediendo hacia el rincón hacia el entrenador avergonzado, sus putos dedos de los pies avanzando hacia una nueva derrota.

Sus putos dedos cobardes gallinas capitán de la sardina. R. tenía clase, siempre la había tenido, a los diecisiete pegaba ya como un hombre hecho de treinta, y ahora, con treinta y cuatro, movía todavía sus setenta y siete quilos con la gracia y rapidez de un chaval de veintipocos. Se movía con elegancia y plasticidad, tenía fondo, piernas y técnica. Pero se cagaba en el ring.

Entrenaba dos veces al día: por las mañanas, antes de ir a la fábrica, carrera continua, estiramientos, algo de sombra… con suavidad y soltura, desperezando el cuerpo con cariño. Y al salir de la fábrica al gimnasio con el señor Miguel. Conocía las superficies de los sacos de pegada mucho mejor que la piel de su propia esposa. Se cuidaba, joder si se cuidaba… no probaba la grasa de un bistec desde los quince. Y el día del combate no le salía nada. Frenaba al rival con su izquierda veloz como una mala noticia, sus pies de bailarina lo mantenían en el ángulo exacto siempre fuera de alcance. Jab, paso, jab paso, jab jab, paso paso. Pero nadie baila eternamente, y tras la izquierda estilete la derecha salía con miedo, y el preciso paso lateral titubeaba cuando debía ser un paso adelante. Y el control del combate, en lugar de convertirse en dominio, se convertía en cansancio y R. esquivaba con precisión, retrocedía, se cubría acababa contra las cuerdas. E incluso allí bajo la lluvia de golpes tenía tiempo de ver el hueco en la defensa rival, la puerta de entrada para un buen gancho desde abajo que surgía lastrado por la duda y el miedo, que impactaba con la poca convicción de una excusa barata.

Cobarde. Gallina. Capitán de la sardina. Al poco de empezar, como amateur, el señor Miguel se mostró paciente: tranquilo chaval, ese miedo pasará. Dos años y algunos combates perdidos después decidieron probar con la coca. Y R., que jamás había probado una cerveza, R., cuyo sueño era llegar a boxeador profesional, se metió su primera raya de coca tres semanas después de cumplir los veinte. Se sintió de puta madre. Pasó por encima del rival y ganó a los puntos por decisión unánime. La vez siguiente fue mucho mejor: su primera victoria por KO. La tercera vez perdió a los puntos: le quitaron el primer asalto por un cabezazo claro y el tercero por un golpe bajo. Y el día que golpeó al árbitro tras una amonestación decidió que nunca más perdería el control.

Tras aquella agresión le retiraron la licencia federativa durante veinte meses, y cuando volvió al ring, otra vez limpio, todo seguía igual.

Cobarde. Gallina. Capitán de la sardina. Nunca se sentía tan solo como en el ring. Y avanzó hacia el combate disfrazado de hombre valiente y miró por casualidad al entrenador rival y vio en su expresión la misma expresión que tantas veces había visto en el señor Miguel. Y miró de verdad por primera vez a su rival, y lo descubrió lejanamente joven, como él había sido en otros mundos, y en el puño de su adversario advirtió el peso de quien tiene algo que perder. Y supo las cosas que sólo saben las mandíbulas golpeadas: supo que jamás dejaría la fábrica por propia voluntad, que nada podía hacer por recuperar el respeto de su esposa y que si alguna vez tenía hijos, llegaría a ver en ellos el reflejo de su propio fracaso. Jab, paso, jab paso, jab amago abajo derecha a las costillas, la izquierda busca el hígado. Supo las cosas que sólo saben las mandíbulas golpeadas: que madrugar es para perdedores, que el encargado no era el encargado porque fuese mejor que él, sino que era mejor que él porque era el encargado, supo que en el dinero está la verdad. Izquierda derecha, izquierda derecha, los directos explotan en la cara del muchacho. Y supo las cosas que sólo saben las mandíbulas golpeadas: que pronto miraría atrás y todos sus días le parecerían un único día monstruoso y monótono, que la lotería siempre toca a gente que sólo existe en las noticias, supo que jamás saldría con vida de la vida.

Jab avanza ofrece un hueco y el chaval pica, lanza un directo aturdido, y R. esquiva fácil dando un paso gancho de izquierda al pómulo, derecha a la mandíbula. Entra por dentro y por fuera cambia las alturas, golpear moverse entrar salir, repasa el manual entero, da una lección de boxeo. El combate era a seis asaltos. Y en el quinto el chico cae al mismo tiempo que el árbitro se mete entre los púgiles, el chico cae con la cara machacada y el cráneo agrietado, sus piernas se agitan con espasmos eléctricos mientras el médico salta al ring. R. contempla las máscaras de pánico que le rodean. En el recinto reina ese silencio respetuoso que siempre surge ante la muerte. Y R., exultante, chorreando sangre ajena y sudor, levanta los puños victorioso.

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